Alberto Cañas

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Miércoles 27 Julio, 2011


CHISPORROTEOS


Dos fallecimientos de estos días implican una disminución en los auténticos recursos de la Patria. Se trata de dos ciudadanos dedicados por entero a su actividad privada, pero que supieron apartarse de ella cuando fue necesario y se les llamó a servir.
Me unió con ambos una amistad que si bien nunca fue íntima, sí fue permanente, constante y para mí de gran estímulo.
Con el doctor Manuel Aguilar Bonilla me unía una relación antigua: cuando yo tenía cuatro o cinco años, me llevaban a jugar a los parques; el Central, el Morazán, el Nacional. Y cuando tocaba el Nacional allí conocí a un niño de mi misma edad vecino de ese parque. Era Manuel, y cuando en esos días comentaron en mi familia la muerte del expresidente don Francisco Aguilar Barquero, me contaron que era el abuelo del chiquillo con que yo jugaba en el Parque Nacional.
Ingresamos al Edificio Metálico el mismo año y llegamos, se puede decir que juntos, hasta el quinto año del Liceo de Costa Rica, pero sin haber sido nunca compañeros de clase. En el Liceo, Manuel era uno de los estudiantes de mejores notas (yo no). La relación superficial pero de verdadera admiración que me unió a él, se reanudó cuando él regresó de México convertido en un médico eminente, que había trabado amistad allá con el exiliado José Figueres. Y se reafirmó cuando nos vimos en el mismo partido político, coincidiendo en la admiración y el afecto por éste.
Una curiosa situación pudo separarnos en 1965, pero no nos separó: La Juventud Liberacionista pidió al candidato presidencial Daniel Oduber que me postulara como candidato a Vicepresidente: Puesto a elegir entre Manuel Aguilar Bonilla y este servidor de ustedes, Oduber escogió a Aguilar. Y esa noche lo celebramos juntos brindando en la casa de mi ilustre competidor. Luego, Vicepresidente en gobierno figuerista de 1970, fue él el creador del IMAS.
Mi relación con Arturo Lizano, la otra pérdida nacional de estos días, tuvo otro carácter: unos pocos años mayor que yo, lo conocí en el Liceo, pero curiosamente, simpatizamos desde que nos conocimos, y fuimos compañeros de pozas, de piscinas y de bailes sabadiles, iniciando una amistad y afecto mutuos que no desaparecieron nunca, aunque la vida nos llamó por distintos caminos. Me tocó coincidir (re-encontrarme) con él en 1970, en la Junta Directiva del Instituto Nacional de Seguros donde reafirmamos nuestra vieja amistad y pude apreciar la sensatez, inteligencia y honradez con que se comportaba en esa Junta. Allí se fortaleció nuestra antigua relación de viejo amigos, que se consolidó todavía más años después, cuando coincidimos dentro del PAC, ya que él fue una de las personalidades destacadas que Ottón Solís invitó a formar un especie de junta de asesores notables a la que yo asistía por mi posición dentro de la estructura del partido. Pero donde pude volver a calibrar y apreciar su inteligencia clarísima y tranquila, fue en la hombría de bien con que soportó un golpe económico que le dieron desde muy dentro de su casa.
Me siento disminuido por la pérdida de Arturo y de Manuel. La Patria también está disminuida.

Alberto F. Cañas