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CHISPORROTEOS

Alberto Cañas [email protected] | Miércoles 20 julio, 2011



CHISPORROTEOS


Sigo con mis comentarios al Ministerio de Cultura. Otro error de Guido Sáenz durante la administración Oduber, fue (según me han dicho pero no lo he confirmado) tomar fondos de la Compañía Nacional de Teatro para crear dentro del Ministerio un Taller o escuela teatral. Así, el Ministerio de Cultura duplicaba la Facultad de Bellas Artes de la UCR con escuelas de arte, música y teatro. Nadie sabe qué hace el Ministerio con los egresados de ese taller, ni por qué le encajaron el nombre de Edward Fessler al teatro que tiene anexo.
Se trataba de un director teatral, maestro de los Catania, que llegó aquí y realizó algunas puestas en escena poco exitosas.
De los verdaderos edificadores del movimiento teatral costarricense, Luccio Ranucci y Jean Moulaert, no se acordó el Ministerio.
Años después, la Universidad Nacional hizo lo mismo y olvidándose de Ranucci y Moulaert le puso a su teatro el nombre de Atahualpa del Cioppo, un simpatiquísimo anciano uruguayo que algún trabajo hizo en la Escuela de Artes Dramáticas de la UCR y convirtió a algunos alumnos (a casi todos temporalmente) a la ideología comunista que pugnaba por apoderarse de las instituciones teatrales costarricenses
El cambio de gobierno en 1978 afectó seriamente al Ministerio de Cultura porque el presidente Carazo anunció que lo convertiría en un Ministerio de Desarrollo Social o algo así, medio abstracto. El hecho es que el Ministerio se llenó de nuevos empleados que poco tenían que ver con la cultura, la juventud o el deporte.
Lo primero que hizo la Ministra doña Marina Volio fue trasladar el Ministerio del local que ocupaba a otro detrás de la Catedral. En el trayecto se desapareció todo el mobiliario de la Sala de Conferencias Mario Sancho (unas doscientas sillas, y un proyector de cine de 35 milímetros, portátil, que le habíamos comprado a don José Marín Cañas). Nadie me ha podido decir qué se hicieron.
Les pasó lo mismo que poco tiempo antes a La Dama Azul óleo de Juan Luis Rodríguez que yo tuve en el despacho ministerial y que me han dicho que se encuentra en una colección privada en San Salvador.
Pero lo peor en ese período le pasó a un bellísimo mural que Rafa Fernández le había regalado al Ministerio. Lo pusieron de tabique entre dos departamentos, y le clavaron un gancho para colgar ropa. Dichosamente en el Museo de Arte lo restauraron, y hoy está allí, porque el Ministerio no se hizo digno de él.
Durante mi paso por el Ministerio, la familia Raventós había ofrecido venderle al gobierno el teatro que llevaba su nombre y que una estúpida Asamblea Legislativa le quitó. Había una oferta venezolana para construir allí un hotel. Como el edificio era una de las glorias de la ciudad de San José, negocié con Manolo Naranjo, Gerente del Banco Nacional, la financiación de esa compra, pero desgraciadamente en esos días, fines del 73, a don Pepe Figueres solo se le podía hablar de la Orquesta Sinfónica, porque se había convencido de que era más importante que la guerra del 56, y lo que me llevé fue una trapeada en público, en la acera del Teatro Nacional.
Sin embargo le soplé el asunto a mi sucesora doña Carmen Naranjo (hermana de Manolo), y la compra se hizo. El teatro era una buena adquisición porque tenía una capacidad que casi duplicaba la del Teatro Nacional, lo que permitiría presentar grandes espectáculos extranjeros casi a mitad de precio que en el Nacional.
El edificio se compró, pero en la administración siguiente, doña Marina Volio contrató a un director de escena español, de primera categoría, para que le remodelara el Raventós. Y la remodelación consistió en que le disminuyeron su capacidad hasta casi igualarla con la del Teatro Nacional.
Y el propósito que determinó su compra no pudo cumplirse. Luego siguieron otras cosas, como el despido de los actores de la Compañía de Teatro por el Ministro Carlos Francisco Echeverría en el primer gobierno de Arias. (“Los artistas no deben devengar salario del Estado”, dijo el Ministro, pero entiendo que Guido Sáenz dio un grito y salvó la Orquesta Sinfónica).
Creo que lo que he escrito es suficiente para explicar por qué no he concurrido a las celebraciones del presunto aniversario cuarenta del Ministerio y de su hija desaparecida, la que una vez fue Compañía Nacional de Teatro.
Si el Ministro Obregón, a quien mucho aprecio y le agradezco referencias personales que me han sido gratas lo desea, estoy en disposición de comunicarle las ideas probablemente no muy buenas que tengo sobre la manera de reconstruir lo que en el Ministerio ha sido destruido a partir de 1974.

Alberto F. Cañas