Alberto Cañas

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Miércoles 9 Marzo, 2011


CHISPORROTEOS

He ido a ver la película que ganó el Oscar, con la desconfianza y el temor con que en los últimos años fui a ver a sus predecesoras. Su título: EL DISCURSO DEL REY no promete nada, salvo que la película va a
tener como tema la tartamudez del rey Jorge VI de Inglaterra, padre de la actual monarca.
Sí. De eso trata. De cómo, con la ayuda y enseñanzas de un actor australiano, el entonces Duque de York (segundo hijo y por lo tanto no el heredero oficial de Jorge V) superó su problema y pudo asumir la corona cuando su hermano mayor, Eduardo VIII abdicó por razones sentimentales, pero también, la película lo insinúa, políticas.

Los devaneos del Príncipe de Gales, luego Eduardo VIII, con una norteamericana divorciada dos veces (de la que Scotland Yard aseguró según esta película que le era infiel) fueron un problema político, sobre todo porque en ciertos círculos británicos se sospechaba que ese heredero del trono sentía cierta simpatía por Hitler y el nazismo (el embajador alemán en Londres, Von Ribbentrop, enviaba flores todas las mañanas a la amante del heredero y luego rey, la señora Simpson).
El hecho es que conforme avanzaban las semanas se iba adquiriendo la convicción de que Eduardo VIII abdicaría antes de ser siquiera coronado, y que el tartamudo Duque de York estaba destinado a ser rey.
Dentro de ese cuadro se mueve una de las mejores películas históricas de los últimos tiempos, y cabe señalar que es la primera vez que un tema histórico del siglo XX es tratado por el cine con criterio de película histórica y no de película de actualidad.
Estamos viendo algo que sucedió hace 85 años. Y lo vemos filmado con toda la rigurosidad histórica a que el cine inglés nos tiene acostumbrados desde el inolvidable Enrique VIII que interpretó Charles Laughton allá por el año 1933.
La desconfianza de los estadistas y políticos británicos hacia el nuevo y hasta entonces popularísimo monarca que heredó el trono en diciembre de 1935; el problema de que si se lograba que abdicara, la corona pasaría a un hombre inteligente pero con enormes dificultades para expresarse y comunicarse con el prójimo, forman el marco para una película que tiene dramatismo, humor, sentido de la historia, una realización magistral del director Tom Hooper, de quien este columnista sólo conocía una notable miniserie televisible sobre el segundo presidente de los Estados Unidos John Adams.
Colin Firth (un actor inglés relativamente conocido) se luce en el papel estelar, y el Oscar de mejor actor que recibió estuvo completamente merecido. Geoffrey Rush (como el actor que logra curar al rey) merecía otro premio pero lamentablemente no se lo dieron. Y debo destacar el buen desempeño de Helena Bonham -Carter como la Duquesa de York, luego reina. Y la sorpresiva aparición de la no del todo olvidada Claire Bloom, como la reina María, esposa de Jorge V y madre de Eduardo VIII y Jorge VI.
En todo y por todo, esta película merecía el premio como una de esas excepcionales obras con que periódicamente nos asombra el cine británico (todavía el mejor del mundo). No se la pierdan.

Alberto F. Cañas
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