Alberto Cañas

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Miércoles 2 Marzo, 2011


Chisporroteos


Hace algunas semanas, los editores de la Revista Nacional de Cultura de la UNED, acordamos encargar y publicar un artículo que destacara la singular obra cultural que ha realizado el periódico La Nación, al ser la primera entidad costarricense, privada o pública, que ha acometido la empresa de publicar libros bien escogidos y de calidad, para venderlos a precios tan bajos que puedan estar al alcance de la gran mayoría de la población aficionada a leer.
La colección ha constado de obras digamos clásicas que ya son del dominio público, porque sus autores tienen más de 75 años de fallecidos. Incluyen preferentemente obras narrativas de ficción (novelas y cuentos), y ocasionalmente poesía (las Concherías de Aquileo y una antología de Rubén Darío). Con la intención, según me entero, de no competir con las editoriales nacionales, solo dos libros costarricenses se han incluido: las Concherías ya mencionadas, y una selección de cuentos de Fabián Dobles. Los libros se venden a 400 colones, y ya han aparecido 180. El más reciente, Diario del año de la peste de Daniel Defoe, el autor de Robinson Crusoe.
En este extraño país cuyos gobiernos, que se dice están preocupados siempre por la educación, nunca han emprendido una labor semejante: darle lectura al pueblo, esta campaña de que hablo ha sido algo verdaderamente excepcional y digno de que el país entero la aplauda.
Estábamos buscando un periodista de calidad y vuelos que nos escribiera el artículo que queríamos para la Revista de Cultura, cuando de pronto nos hemos dado cuenta de una cosa: hace más de dos meses que no aparece un libro nuevo en la colección de La Nación.
¿Será posible que la hayan suspendido? ¿Será posible que la labor cultural más seria e intensa que una empresa privada haya acometido en Costa Rica se haya acabado sin previo aviso? Declaro que me niego a creerlo. Sobre todo, porque esa no ha sido la única actividad cultural de La Nación en este siglo XXI. Hay que recordar la colección de mapas de Costa Rica que divulgó hace algún tiempo. Ahora mismo está publicando una reedición de la monumental Historia de Costa Rica que hace un par de décadas escribieron un conjunto de historiadores coordinados por Vladimir de la Cruz y que no había sido objeto de un edición de precio accesible. De manera que la preocupación cultural de la empresa visiblemente sigue en pie para bien de todos.
Pero… ¿la colección Leer para disfrutar, única en la historia de Costa Rica, el esfuerzo más grande que alguien ha hecho por darles buena lectura a los costarricenses a precio módico? No lo ha emprendido el Estado, no lo ha emprendido el Ministerio de Educación, tampoco el de Cultura, ni las Universidades, ni la Editorial Costa Rica. Todo se reduce a tres palabras: NO DEBE DESAPARECER.

Alberto F. Cañas
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