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CHISPORROTEOS

Alberto Cañas [email protected] | Miércoles 07 julio, 2010



CHISPORROTEOS


El fallecimiento de Arnoldo Baudrit con quien inexplicablemente perdí todo contacto durante demasiados años, tal vez respetándole su decisión de no concurrir a las frecuentes reuniones de los bachilleres del Liceo de Costa Rica de 1937 despierta en mí recuerdos, anécdotas, vivencias, identificaciones de esas que solo pueden establecerse cuando, como fue nuestro caso, se han compartido aulas y pupitres durante diecisiete años. Nos encontramos en 1928, en el Segundo Grado B de la Escuela Buenaventura Corrales, y fuimos compañeros de clase hasta el Sexto Año de la Facultad de Derecho en 1943.
Tengo muy claros a dos Arnoldos Baudrit: el escolar tímido, poco comunicativo pero sumamente cordial y amigable al cual la mejor manera de acercársele era con temas de tareas y exámenes, y luego el liceísta y universitario cantador de tangos, guitarrista y serenatero, centro de atracción para todos sus compañeros y sobre todo amigo ideal para las noches de los sábados.
Nuestra amistad nunca pudo ser lo íntima que debió porque nos separaba la geografía. Sólo durante unos pocos meses, cuando estábamos en Segundo o Tercer Año en el Liceo de Costa Rica, fuimos vecinos, y a fe que lo disfrutamos a lo grande y a lo loco en curiosos y dichosamente olvidables intentos y expediciones adolescentes de presunta aventura nocturna hija de la curiosidad, que nos dieron mucho de qué reír y mucho en qué pensar. También recuerdo de esos días un intento de aproximación entre Arnoldo y mi hermana que (digo que lamentablemente para ella) no prosperó.
Hay un aspecto de Arnoldo Baudrit que ahora evoco y como que analizo. Y es su calidad de estudiante: conforme pasaban los años era mejor estudiante, y fue realmente cuando estudiábamos derecho que se destacó brillantemente en ese terreno, hasta culminar siendo uno de los mejores abogados de nuestra generación. Tal vez influyó en esto la presencia en la facultad de su eminente hermano Fernando, uno de los auténticos educadores y formadores de juventud que tuvimos allí.
Pero al Arnoldo Baudrit que me gusta evocar, con el que, ya viejos, me habría resultado maravilloso compartir recuerdos, es el inolvidable tanguero, guitarrista y serenatero. No tengo que hacer ningún esfuerzo sino cerrar los ojos, y lo puedo escuchar entonando aquel valsecito criollo y pasional con que iniciaba las noches de serenata y del que parecía haberse apropiado: “Muchachos, hoy que es noche clara y estival invito a todos la barriada a recorrer…. Es medianoche, ella duerme y su balcón entornado me espera que llegue…. Yo quiero alzar sentimental la serenata de mi amigo el corazón.”
Mi amigo el corazón…. El Arnoldo Baudrit de la adolescencia y la primera juventud, con quien tanto compartí, tenía como su mejor amigo al corazón.

Alberto F. Cañas
[email protected]

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