Alberto Cañas

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Miércoles 19 Mayo, 2010


CHISPORROTEOS

Da grima ver no sólo el descaro sino la precisa con que los diputados que todavía no se han estrenado como tales, se dedican a aumentarse su salario (legislar en beneficio propio se llama esa figura) frente a la ola de indignación que surge en todas las clases sociales, Doña Laura debería meditar si le conviene que la “atollen” en este hediondo asunto, y si no sería mejor para al futuro de su gobierno comprarse un pleitecito corto con los diputados de su partido (vetando lo que salga y luego incluyendo en el proyecto de presupuesto para el 2011 el salario diputadil actual) y quedar bien con la población que la eligió, arreglando luego las cargas de camino.
Una pregunta: la placa que llevaron a una propiedad privada para inaugurar una nueva Casa Presidencial, ¿qué se hizo? ¿quién la tiene? ¿quién la pagó?
Me extraña mucho que la propaganda que se le está haciendo a la producción en el nuevo Teatro de la Aduana, de la comedia musical La Opera de Tres Centavos, insista en anunciarla como una obra individual y personal de Bertolt Brecht. Sería como anunciar la opera Don Giovanni de Lorenzo DaPonte, la opera La Traviata de Felix Piave o Madame Butterfly de Illica y Giacosa.
El libreto que Brecht escribió para esta obra que nos están presentando, (y que ya habíamos visto aquí en la década del 70) no pasó de ser una especie de actualización sigloveintesca de una comedia musical británica del siglo XVIII, The Beggars’Opera, adecuándola a la Alemania de los años 20, libreto que difícilmente nos dice hoy nada. Lo que ha mantenido esta obra en la cartelera mundial, y lo que la gente conoce y aplaude de ella es la magnífica partitura del compositor Kurt Weill, notable acercamiento germánico al jazz norteamericano, que la gente memoriza, canta, y silba en todas partes desde hace 82 años.
Tanto Brecht como Weil se exiliaron de Alemania como adversarios de Hitler (no sé si eran judíos), y trabajaron en los Estados Unidos, Brecht como guionista cinematográfico (se recuerda su película Los Verdugos también mueren) y Weil como compositor en Broadway (su ópera Lost in the Stars de 1949, está considerada por muchos como la mejor que se ha compuesto en los Estados Unidos desde la clásica Porgy y Bess de Gershwin.
Pero pasada la Guerra, Brecht, que era comunista, se fue a vivir a la Alemania Oriental (la del muro), donde lo convirtieron como quien dice en el santo patrono o el barco insignia del teatro marxista, y lo aclamaron y propugnaron como el más grande dramaturgo moderno, por encima de Ibsen, Chejov, Strindberg, Pirandello, O’Neill, Valle-Inclán y Tennessee Williams. Aquí se pusieron algunas obras suyas de categoría, como La Ascensión de Arturo Ui, que con su drama Galileo Galilei (en cuya composición se asegura participó activamente el actor inglés Charles Laughton), figuran entre las obras verdaderamente valiosas de Brecht. Pero no lo convierten en el más grande de su siglo, ni mucho menos.
Lo correcto, señores del Ministerio de Cultura, habría sido anunciar La Opera de Tres Centavos (como se hace universalmente con el teatro musical), obra de Kurt Weill, agregando si querían, que el libreto (bastante deleznable si bien se mira) es de Brecht. En todo caso, olvidar a Kurt Weill es un crimen, y quienes asistan al Teatro de la Aduana lo confirmarán.

Alberto F. Cañas
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