Alberto Cañas

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Miércoles 2 Diciembre, 2009


CHISPORROTEOS


Me pregunto si no sería posible una coordinación entre el Teatro Nacional y las autoridades de policía, para que se evite lo que viene sucediendo (por lo menos ha sucedido dos meses consecutivos): que el concierto matutino dominical de la Orquesta Sinfónica se ve obstaculizado por desfiles semi militares con trompetas y tambores, y el concierto tiene que esperar a que el desfile pase. ¿No se podría gestionar que en las cercanías del teatro los desfiles pasen en silencio?

Es cuestión de que se pongan de acuerdo o de que en general el Estado decida sobre prioridades entre la música interior y el ruido exterior.

Por cierto que el domingo pasado, cuando terminó el concierto (uno de los mejores de la temporada) pasaba por la Avenida Segunda frente al teatro, otro desfile, esta vez hermoso y silencioso: el desfile de carretas, algo admirable, conmovedor, emocionante. ¡Qué hermosura de carretas pintadas, y qué hermosura de bueyes!

Un lector curioso me ha puesto más curioso a mí al preguntarme por qué nuestros futbolistas, conocidos siempre por su nombre (o apodo cariñoso) y apellido, cuando fallecen y se bautiza un estadio con su nombre, adquieren el apellido materno con el que no circularon ni fueron conocidos, y el estadio entonces no se conoce con el nombre con que el homenajeado circuló, sino con el que figuraba en su cédula de identidad. Sería mucho más fácil decir que los estadios que los conmemoran, se llamaran Alejandro Morera y Eladio Rosabal a secas, pues ese fue el nombre de guerra de esos dos grandes ases de nuestro deporte.

El asunto, por supuesto, carece de importancia pero no deja de ser pintoresco. Porque, en cambio, ahora se está volviendo frecuente que a personajes históricos que usaron siempre sus dos apellidos, como don Cleto González Víquez, se les despoje de uno de ellos, a extremo de que ahora es frecuente oír o leer sobre Cleto González, y todavía se habla de la Plaza Víquez, mientras se menciona con dos apellidos, a estadistas que jamás usaron más que uno, como José María Castro y Juan Rafael Mora. ¡Qué desorden de nomenclatura!

Me he encontrado un viejo escrito de don Ricardo Fernández Guardia en que pidió se bautizara una calle de San José con el nombre de Pio Víquez. Por supuesto, no le hicieron caso, pero ahora tenemos una avenida que se llamaba Monseñor Castro, y le quitaron ese nombre para llamarla Unión Europea. De todos modos, como esos bautizos de ser bautizos no pasan y pronto se pierden, nada importa. Pero sí recuerdo que cuando yo me criaba, a lo largo de la Avenida Central había en cada esquina placas que rezaban Avenida Fernández Güell. Y lo mismo, la Calle Central ostentaba placas que decían Calle Alfredo Volio. La ciudad decidió en 1919 honrar la memoria de los dos mártires de la tiranía de Tinoco. Pero noventa años después, el empeño visible no es por honrar a esos patriotas, sino por que se cuele en la Asamblea Legislativa la imagen del traidor y tirano, a pesar de que una ley de 1920 derogó todas las disposiciones de ese gobierno, declarándolo en consecuencia inexistente.

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