Alberto Cañas

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Miércoles 30 Enero, 2008

CHISPORROTEOS

Alberto F. Cañas

Lo tenía apuntado con toda claridad y letras grandes: jueves 31 de enero. Pero desgraciadamente, no era el 31 sino el 24 el día en que el Ministerio de Relaciones Exteriores y su Instituto Manuel María de Peralta le rendirían un homenaje al primer director de éste, José Luis Molina Quesada.

De manera que no llegué al homenaje. Y espero fervientemente que José Luis Molina me haya echado de menos. Porque sabe que siempre que le reconozcan su valor, su entereza y su obra, y le rindan homenaje, yo estaré entre los homenajeantes.

En mi libro de memorias he contado cómo fue él uno de los liceístas que a raíz del memorable 15 de mayo de 1943 se incorporaron al Centro para el Estudio de los Problemas Nacionales, al que aportaron no sólo su esplendoroso entusiasmo juvenil casi adolescente si se quiere, sino también una sorprendente madurez intelectual.
Molina llegó al CEPN precedido por la fama de su facilidad de palabra. Y en realidad sus primeras intervenciones entre nosotros se caracterizaron precisamente por la facundia y corrección con que se expresaba. “Está destinado a ser orador —dijo una noche Rodrigo Facio—, y de los buenos; pero ojalá no se limite a eso, porque esa es más una habilidad que otra cosa, y tiende a conducir a quien la posee, por las rutas de la superficialidad”.

Molina debe de haber escuchado eso, y no me extrañaría que de labios del propio Rodrigo, porque nunca ha considerado su facilidad y felicidad de palabra como un fin en sí mismo, y más bien comenzó a distinguirse, cuando apenas rebasaba los 18 años, por la seriedad de sus estudios y de sus pronunciamientos.

Bien, le llegó su hora a la generación del CEPN. Y, primero dentro de las puras filas políticas del Partido Social Demócrata, y a partir de 1951 en el recién fundado PLN, Molina comenzó a destacarse políticamente. Elegido diputado en 1953, comenzó una carrera relampagueante, como uno de los diputados más jóvenes, más brillantes y más serios de aquella Asamblea.

Diputado varias veces, Presidente de la Asamblea Legislativa en alguna ocasión, Molina ha sido además un notable diplomático y uno de esos hombres (en su generación muy abundantes) que le servían al país sin servirse de él; que hicieron de la función pública un apostolado y no una gollería. Ara y no pedestal.

Hace un rato que José Luis Molina no figura en la política, y solo ha cumplido la silenciosa función de Magistrado Suplente en la Corte Suprema de Justicia, sin que ni siquiera al partido en que militó siempre se le ocurriera llevarlo a la Magistratura titular con todos los honores.
Y es que desde que para llenar ciertos cargos la Asamblea Legislativa ha dispuesto abrir lista de aspirantes para escoger entre ellos, la cosa anda mal. José Luis Molina es uno de esos hombres a quienes jamás se les ocurriría gestionar una posición, solicitarla o pedirla. La historia enseña que cuando hombres como Molina llegan a la función pública, es porque los fueron a sacar de sus casas, no porque se dedicaran a hacer antesala (lobby, en el castellano del siglo XXI).

Su vida ha sido servir y estudiar. Con edad bastante avanzada logró un doctorado para el que estudió con empeño de veinteañero. Y sigue estudiando. Es de esos hombres, lo he dicho muchas veces, que deben proponerse a la juventud como ejemplo a seguir.

Con una docena de José Luises Molina esto sería distinto. Hombres como él, sí que son bienvenidos en la función pública.

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