Alberto Cañas

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Miércoles 16 Enero, 2008

CHISPORROTEOS

Alberto F. Cañas

No hay un término en el amplísimo diccionario de la lengua castellana que haya ilusionado más a los partidarios y beneficiarios del “domingo siete” y el “sí, señor” (que dichosamente no son todos los que dijeron sí) que la palabra carretillo, aunque tenga en él una acepción distinta de la que se encuentra en el de costarriqueñismos.

Y es que en un carretillo tuvieron que llevar a plenario las copias, para cada diputado, de las mociones que la oposición ha presentado sobre algunos de los proyectos llamados de implementación.

Comienzo por decir que toda esa papelería se pudo economizar, si mi amigo don Tony Pacheco hubiera resucitado La Gaceta Legislativa que fundé en 1994 a mi paso por la Presidencia de la Asamblea, para que se publicaran las actas (secretas desde 1958), proyectos, dictámenes, mociones y demás documentos de interés legislativo, y que don Luis Fishman canceló cuando llegó a ese mismo puesto sin decir agua va ni dar razones.

Ahora bien, Epsy Campbell, en la entrevista que le hizo este mismo periódico, explicó por qué los diputados de oposición (no solo los del PAC) han presentado tantas mociones, a lo mejor muchas de ellas intrascendentes.

Ello se debe al empeño del oficialismo, de que esos proyectos no se discutan. Podrían, si no querían sesiones muy largas, haberlos explicado y polemizado sobre ellos en la prensa, pero ningún diputado gobiernista, que yo sepa, ha participado en discusiones sobre ellos. Además, las razones que los diputados de oposición tengan para oponerse a los benditos proyectos, para quererlos reformar o para pedir que sean sustituidos por otros sobre igual tema pero más satisfactorios, no es muy seguro que habrían encontrado (“siempre las espantosas razones de falta de espacio”) suficiente campo en los periódicos.

En todo caso, los diputados de oposición han querido discutirlos en serio. Y los gobiernistas, que salgan a la carrera, llegando al extremo de reformar el reglamento legislativo para procurar una tramitación con la velocidad de la luz. Y en esa premura, limitaron reglamentariamente a tres minutos lo que un diputado pueda decir sobre su moción.

Consecuencia lógica: si el diputado intentaba, podía, y quería hablar treinta minutos sobre un tema específico (cosa cotidiana en los cuerpos legislativos que se respetan a sí mismos), no le quedó más remedio que presentar diez mociones, sobre él y hablar diez veces durante tres minutos cada vez. A eso condujo el afán oficialista de que el debate sea lo más escueto posible y que no se digan allí demasiadas cosas que el bloque gubernista no se siente preparado para rebatir.

Hubo que presentar centenares de mociones, si el diputado quería hablar lo que normalmente ha podido hablar sobre asuntos importantes. Y hubo que traer las copias para cada diputado en carretillo, porque no se les ocurrió resucitar La Gaceta Legislativa,

La explicación de Epsy Campbell no pudo ser más clara y contundente. Y es que si un diputado siente que le están cercenando sus derechos, tiene la obligación de recuperarlos por cualquier medio decente y legal que tenga a mano. En un parlamento normal y democrático, se habla, se discute, y es inmoral que para sacar adelante alguna tesis que no ha sido muy claramente del conocimiento público, se empeñen algunos, con el apoyo inevitablemente de las machacas mcarthyistas, en que se silencie a la oposición.


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