Alberto Cañas

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Sábado 8 Agosto, 2009


CHISPORROTEOS


Vieja es la costumbre que tengo de mirar de primeras en la lectura de los periódicos las páginas que se ocupan de la gente que fallece. Y no me sorprende ver que, como decía una vieja y querida pariente mía, “cada día se muere menos gente” (“gente que yo conozca”, quería decir ella). Y es claro e inevitable. Los que yo he conocido cada día son menos. Mis contemporáneos cada día son menos. Consecuencia inexorable de la vejez: cada vez muere menos gente que yo he conocido.

Y en estos días ha fallecido alguien. Uno de los claros protagonistas de mi infancia y de mis días de escolar. Un compañero de juegos y de escuela. Miembro activo y destacadísimo de una de las dos “huelgas” a que de niño pertenecí: la que llamábamos “del Tovac” nombre que tenía el cine que luego se convirtió en el Líbano. Mi otra huelga era “la de La Viña de la Peni”; ambas pululaban por la avenida 7: una en la esquina de la calle 4 y la otra en la de la calle 10. Una se extendía hasta la plazuela de la Peni y la piscina de los soldados del Cuartel de Artillería; la otra llegaba a hacer guerra de guerrillas en Rincón de Cubillos (lo que hoy llamamos calle 20).

En la huelga del Tovac, era importantísimo Chale Silva. El Oso Silva como nos acostumbramos luego a llamarlo como consecuencia de la monomanía de Alfredo Cardona Peña de distribuir sobrenombres entre sus compañeros de V y VI grado. Y así como el de importante en la huelga, lo era Silva en mi clase del Edificio Metálico. Ya en VI grado se distinguía como jugador de futbol… pero también como uno de los consentidos de nuestra maestra de clase y hada madrina Noemi Morales. El vozarrón de Chale Silva, del Oso Silva, atronaba el aula y cuidado si no atronaba también durante los recreos la extensión toda del Parque Morazán.

Ya en sexto grado, dije, se distinguía como jugador de futbol. Pero al que admirábamos era a su hermano Orlando, que jugaba en uno de los equipos juveniles de primera división, creo que en el que se llamaba Buenos Aires, ya no estoy seguro. El hecho es que Chale desapareció de mi escenario al terminar la escuela (en el Liceo no mantenían los grupos escolares y nos distribuían de otra manera), y se comenzó a destacar como futbolista, como una auténtica estrella del futbol y claro, nos perdimos de vista… mientras él se convertía en juvenil estrella internacional.

Dejamos de vernos durante décadas. Hace poco tuve la grata oportunidad de conocer a una sobrina suya con quien conversé largamente sobre él, y me enteró de que aún vivía. Pero ya se ve que no por mucho tiempo más. Ha fallecido esta semana, y yo llevo ya varios días de estar escuchando continuamente su vozarrón terrible, y de evocar la cordial, efusiva, fraternal amistad que nos unió, digo yo que entre los nueve y los trece años, cuando nos separó la vida…, muchos, muchísimos años antes de que se atreviera a separarnos la muerte. Que reciba un último abrazo mi bueno e inolvidable Chale Silva.

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