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Jueves, 22 de agosto de 2019



COLUMNISTAS


CHISPORROTEOS

Alberto Cañas [email protected] | Miércoles 24 junio, 2009



CHISPORROTEOS

Si entre las razones que ha alegado la Sala Cuarta para declarar inconstitucional la disposición que prohibía la entrada de vehículos a San José ciertos días según el último guarismo de sus placas, figura la que la gente comenta, (a saber: violación de la libertad de tránsito), pronto sobrevendrá la inconstitucionalidad de las calles de una sola vía, y ahí te quiero ver, Dorila.
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Acabo de recibir la más reciente publicación del infatigable Camilo Rodríguez: de tres volúmenes de fotografías cubiertos con el título general de Nicaragua Nicaragüita. Rodríguez no oculta ni disimula que es un enamorado de nuestra vecina del norte y de su gente. Uno de los tres libros está dedicado a las bellezas naturales y arquitectónicas de Nicaragua, y basta hojear las páginas que dedica a la mágica ciudad de Granada para quedar fascinado por esa belleza. Un segundo volumen se concentra sobre el trabajo infantil y la pobreza en Nicaragua y es sobrecogedor. Y el tercero de alguna manera cruza la frontera e incluye una porción de la región norte costarricense, alrededor de Los Chiles, para mostrarnos que la miseria y el abandono reinan a ambos lados de la frontera y que Costa Rica tiene una región alarmantemente olvidada, con alarmante miseria. Ojalá que esta obra circule, y que despierte entre nosotros una conciencia sobre las horribles condiciones miserables en que se vive en nuestra región fronteriza del norte. Un aplauso para Camilo por esa denuncia.
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No me cabe duda de que estamos al borde de un renacimiento del teatro en Costa Rica. Basta asistir en el nuevo y precioso teatro de la Universidad de Costa Rica, a la presentación que se está haciendo allí de nuestra pieza clásica Magdalena, de Ricardo Fernández Guardia, estrenada en 1902 y revivida en 1983 con gran éxito por María Bonilla, que dirigió también esta reposición. La curiosa crítica del autor a nuestra estructura social de hace cien años sigue vigente y en cierto modo válida, y el personaje femenino que le da título a la comedia sigue siendo de gran categoría y fuerza, como lo interpreta una actriz joven (estudiante de artes dramáticas) llamada Elvia Amador, y de la que debemos esperar cosas notables en el futuro, si la cuidan y buscan papeles para ella con frecuencia y continuidad (como antaño el Teatro Arlequín y la CNT). El resto del elenco femenino: Natalia Fonseca, Milena Picado, Alice García y la veterana Madeleine Martínez, cumple también con brillo. El sector masculino se luce menos, no sólo porque subraya tal vez indebidamente los aspectos semi-caricaturescos que les atribuye el texto, sino también porque (he aquí la única objeción a lo que hemos visto) el vestuario que le han diseñado no calza, y parece de 1930, con disparates como que un joven se presente en una casa ajena en 1902 en camisa, apenas cubierto por un chalequillo que entonces no se usaba, y que ninguno de los varones porte el chaquetón que era de rigor como ropa campestre, y sólo uno de ellos el inevitable sombrero de pita, lo cual desfasa un poco la puesta. Francamente, sólo el veterano Manuel Ruiz se conduce como un individuo del 900. Pero esos son detalles sin importancia. Nuevamente María Bonilla demuestra que cuando quiere puede, y aquí tenemos una Magdalena digna de aplausos y hasta de aclamación. Me propongo asistir a las presentaciones de Figueroa, de Jorge Arroyo, con la esperanza de que sea un espectáculo de calibre parecido al del que he comentado. Y de una vez: que Magdalena circule. Alajuela, patria chica de su autor tiene un teatro que debía invitarla.

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