Chilenos brindan por la nueva sed china de vino
Chile fue el primer país en América Latina que firmó un acuerdo comercial con China. Eso fue en 2005, y en la década transcurrida desde entonces, el comercio bilateral se cuadruplicó, alcanzando $34.100 millones. Bloomberg/La República
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 Entre una fuerte regresión económica y escándalos de corrupción, los chilenos no han tenido últimamente muchos motivos para celebrar.
Por eso, cuando las autoridades chilenas anunciaron que China se ha convertido en el mayor comprador de vinos finos del país, la noticia fue realmente bienvenida.


El ministerio nacional de agricultura informó recientemente que el año pasado Chile vendió vino fino embotellado por $163 millones a China, superando sus ventas al Reino Unido y Estados Unidos.
Ahora bien, quizá no parezca una suma enorme; es solo una fracción de los aproximadamente $258 mil millones de las ventas mundiales de vino. Pero significa muchísimo para Chile, uno de los llamados productores de vino del Nuevo Mundo, que se está esforzando enérgicamente por tallarse un lugar en los mercados del mundo.
También representa una lección para otros países latinoamericanos atascados todavía en la rueda de las materias primas impulsada por China.
El crecimiento industrial vertiginoso de China en el último decenio motorizó la producción en todo el continente americano, en tanto los países ricos en materias primas arrojaron mineral de hierro, carne, soya y petróleo a las fauces del dragón.
Pero el auge de los productos básicos pasó, haciendo bajar los precios del cobre, principal fuente de dólares de exportación para Chile, hasta un mínimo en seis años.
Actualmente, los productores latinoamericanos están en su mayoría sentados sobre sus existencias y soñando ascender en la cadena de valor.
Es aquí donde los ambiciosos productores de vino del Nuevo Mundo, como Australia, Sudáfrica y Chile, vieron una oportunidad.
Varios años atrás, los medios de negocios desbordaban de noticias sobre nuevos ricos asiáticos ávidos de marcas de lujo y dispuestos a pagar su peso en yuanes por rociar sus comidas gourmet con el mejor vino de Burdeos o de Toscana.
Aún hoy, el sueño de todo nuevo millonario chino es comprarse un château en Francia.
Y sin embargo, en tanto la riqueza china se derramaba, también lo hacía el gusto por cosas más refinadas.
En 2012, China bebía más vino que Francia. Esto resultó una bendición para las marcas nacionales de baja gama; la etiqueta local más famosa, Great Wall, podrá no ganar muchas catas a ciegas, pero cuesta unos digeribles $5, aproximadamente, la botella.
Cada vez más es, no obstante, la clase media la que impulsa el mercado de consumo en China: estudiantes universitarios y jóvenes profesionales perspicaces que compran marcas de mayor calidad pero de todos modos asequibles, algo entre Petrus y un vino berreta.
Entra en escena Chile, un país de viticultores tradicionales y conocedores de la tecnología, celebrados por sus vinos muy bien vistos aunque menos conocidos, y sus precios moderados.
La producción crece gracias a los precios de las uvas en baja y un peso más débil, lo cual vuelve al vino del país sudamericano más competitivo en el exterior. Esa combinación ha ayudado a Chile a acaparar cuota de mercado de productores vineros más augustos en los mercados mundiales: en 2015, Chile vendió más vino a Japón que Francia.
 



 

 


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