Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 18 Agosto, 2016

El país sufre los efectos de la carencia de liderazgos, lo que plantea un singular reto a la hora de convocar a distintas fuerzas políticas y sociales en procura de los acuerdos nacionales de amplia base para superar los grandes problemas

De cal y de arena

Cave ne cadas

Primero, debe someterse a las reglas internas y asegurarse ser nombrado candidato presidencial del partido. Segundo, debe ganar la elección como Presidente de la República para el periodo 2018-2022. Tercero, debe dar fe de estar en capacidad de armar los acuerdos nacionales requeridos para sacar al país del atolladero económico, social y político en que está. Entonces sí tendremos una fehaciente demostración de que Óscar Arias Sánchez es “doña toda”, de que está en pleno goce del favor político de las mayorías y de que no padece de una deformante visión de la realidad nacional. Pero…
Tras el show montado sobre las ancas de una campaña mediática coincidente con una encuesta de opinión que en sus presentaciones periodísticas lleva toda la intención de demostrar que en esta coyuntura política no hay más que recibir la nominación del Dr. Arias como una expresión de voluntad divina, saltan incongruencias y dudas que hacen pensar que la ruta hacia la elección del Presidente de Costa Rica en 2018 no está precisamente despejada como para que él haga alarde de una triunfo como los que acompañan las contiendas de Usain Bolt. Presuntuoso, notifica al país de que el arismo “es la fuerza más grande y poderosa del Partido Liberación Nacional” y de que su candidatura “ganaría caminando la convención”, la cual —dice— realizarla es “un ridículo cuando se sabe quién va a ganar”. Entonces, si se jacta de tan aplastante capital político y de gozar de la confianza de la juventud, ¿por qué tanto mingueo, tanta vacilación? Dime de qué presumes y te diré de qué careces —advierte el refrán—. Si así no es, échese al agua, aplaste a Figueres y deje en la lona a sus rivales en las urnas de 2018 (sin necesidad de segunda ronda) para darle a la sociedad costarricense la oportunidad de verificar que el Óscar Arias de estos tiempos capitaliza el masivo apoyo de un pueblo que le agradece ser el segundo reformador social, muy lejano (¿?) de aquella imagen labrada por una campaña que lo quiso pintar como parte diligente de los ocho años en que se sembró la semilla de la quiebra de Costa Rica.
El caldero que espera al expresidente no es para subestimar olímpicamente: hay un cáustico repudio en el electorado hacia la mayoría de los exmandatarios; ni se diga en el caso del importante segmento de los votantes de menos de 35 años; no se les reconoce como agentes catalizadores de la convulsa dinámica social, menos en el caso de quien más bien tanto polariza. El país sufre los efectos de la carencia de liderazgos, lo que plantea un singular reto a la hora de convocar a distintas fuerzas políticas y sociales en procura de los acuerdos nacionales de amplia base para superar los grandes problemas. De primera entrada, eso de “querer ser presidente para hacer lo que yo quiero hacer”, no es precisamente la virtud de mejor contenido para hacer a un lado las patologías de esta sociedad. ¿Dónde está, pues, su capacidad de convocatoria? ¿Cómo va a forjar los imprescindibles acuerdos políticos de amplio espectro, para resolver los grandes problemas nacionales si desde ya está trazando una línea roja? En la historia romana figura el consejo del esclavo que —detrás de su eufórico y presumido comandante— le advertía así al oído del peligro de envanecerse demasiado: Cave ne cadas (cuida de no caer).