Leiner Vargas

Leiner Vargas

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Martes 17 Enero, 2012


Reflexiones
Capital social y desarrollo

Todos hemos experimentado esa odiosa situación de ver a otro pasarse de vivo en una fila del cine, en la autopista o inclusive, en las compras del supermercado. Para algunos, podría pasar desapercibido y convertirse en un “statu quo”. Algunos dirán, “haga lo mismo y no sufra”.
Este clásico comportamiento oportunista se traduce en el mundo económico y en la realidad social de un país, en empresarios que no pagan el salario mínimo, comerciantes que evaden los impuestos de ventas, funcionarios públicos corruptos y por supuesto, ciudadanos ajenos al compromiso de velar por una sana rendición de cuentas de quienes los dirigen.
Todo este desgaste social lleva a una pérdida de la visión colectiva de país y, como tal, una disminución en la capacidad para dirimir adecuadamente los conflictos que cotidianamente enfrentamos como participantes plenos de la vida en sociedad.
Una sociedad carcomida por la corrupción, con claros desbalances, y quien denuncia, se convierte en un “sapo” al que finalmente, la doble moral de quienes se esconden en el anonimato, terminan juzgando como el causante de la desgracia.
Cuando este sinsentido se convierte en el modus vivendi de una sociedad, toda acción pública o privada está sujeta a una transacción de doble propósito y efectivamente, el poder del más fuerte se torna la ley que impera en las relaciones humanas.
Llegamos entonces a una condición donde la pérdida de capital social hace imposible la gobernabilidad y la desconfianza se apodera de la razón y del sentido común de las personas honestas. El costo entonces de interactuar se vuelve elevado y la vida en sociedad se convierte en una extorsión cotidiana de supervivencia personal.
Cuánto pago a cada quien, desde el policía corrupto, el oficial de tránsito, pasando por las mafias organizadas y por supuesto, los altos jerarcas del gobierno.
Es por eso que más allá de la lucha por transformar nuestra economía y convertir al país en una fábrica competitiva, debemos ser capaces de orientar la sociedad y la construcción de instituciones que garanticen la necesaria integración social.
El capital social no es entonces simplemente un ingrediente adicional opcional del crecimiento y el desarrollo, es por excelencia un fundamento básico a partir del cual se pueden reducir sustantivamente los costos de transacción e interacción de la sociedad. Efectivamente Costa Rica ha avanzado algunos pasos en su modernización económica, somos una economía muy distinta a la que iniciamos hace 30 años, pero el deterioro de nuestra institucionalidad y la construcción colectiva de un sentido común de país está claramente deteriorado y en retroceso.
Si hemos de avanzar al desarrollo como sociedad, debemos mirar con mayor detenimiento en este aspecto o seremos, sin remedio, un país que miró pasar el desarrollo por el retrovisor.

Leiner Vargas Alfaro
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