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COLUMNISTAS


Camino de Santiago

Macarena Barahona [email protected] | Sábado 01 septiembre, 2012



Cantera
Camino de Santiago
(Etapa III)

Llegar al Albergue San Francisco en Ourense fue una ruta anhelada, el corazón atento para el paisaje nuevo, la mirada hundiéndose en los mágicos y embrujados verdes de Galicia y el deseo de vernos en las aguas del mítico Rio Miño.
En el camino dejamos atrás, Salamanca y Zamora y entramos por A Gudiña, a la provincia de Galicia, seguimos el trayecto por pueblos un poco tristes y con rostros de abandonos.
Verin, Laza, Campobecerros, Vilar de Barrio, Xunqueira de Ambia, Augas Santas. Abandonos históricos, políticos, y nuevos símbolos de la usura financiera: construcciones hechas de baratijas, abandonadas, con un “se vende” hiriente. Fantasmas que han dejado sus deudas a la gran mayoría de los trabajadores españoles: la gran estafa inmobiliaria que, como siempre, los trabajadores pagan las deudas de la usura capitalista. Así es España, más parecida al tercer mundo que al primero, no se toca ni a la monarquía, ni a la iglesia y ni a los ricos. El pueblo paga y está cabreado.
El camino hacia Ourense y nuestro monasterio, nos anuncia una soledad que no imaginábamos, esta ruta es difícil por el ascenso de su geografía, pero creo sobre todo, que no es el más turístico porque estos pueblos pequeños han sido también abandonados en una crisis política y social desde la época de Franco.
Aquí se respira una tristeza del que no encuentra una alegría en el futuro, del que vive en la zozobra y las pérdidas. Uno pasa y no sabe si el tiempo que llevan va para mejorar o empeorar. Casas abandonadas, pocos habitantes, empleos imprecisos, migraciones de cadenas generacionales.
Uno pasa, caminante, peregrino, y solo lleva sus anhelos y esperanzas, sus preguntas para elaborar en el aire de los caminos.
El peregrino fue un constructor; un artesano de rutas entre uno y otro monasterio, entre los albergues, los hospitales de peregrinos, las rutas que las aguas marcaron, las señas, los ríos, las fuentes mágicas y sanadoras, los puentes. Construyeron rutas y llevaron sus propias mercancías, establecieron ritos comerciales, culturales, de lenguas, elaboraron sus propias fechas para recordarse a sí mismos, lo que recogían y dejaban en sus caminos.
Nosotros viajamos acompañados por nosotros mismos, esto es hermoso, radicalmente hermoso, pero no llevamos nada para el antiguo rito de compartir, para trocar para obsequiar ¿o sí?
Vemos desde lejos descender al majestuoso Rio Miño, llega desde sus famosas Terras do Miño, recorremos sierras, subimos y descendemos en un valle donde la cuenca del río es su gran señorío.
Está él, el Rio Miño, están puentes, antiguos y modernos, hermosas obras ingenieriles, carreteras por arriba y por abajo, escaleras descendentes y ascendentes, una ciudad antigua, Ourense recostada a su lado, como en serena contemplación, y nos dirigimos al Convento Franciscano para nuestro pequeño ritual. Anochece y necesitamos descanso y comida. Peregrinos.