Andrei Cambronero

Andrei Cambronero

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Jueves 12 Octubre, 2017

Callate y contame…

Nos parece prosaico, quienes lo practican son señalados y, en la educación —tanto formal como hogareña—, se le califica como una manifestación de las bajas pasiones humanas. Colectivamente, se siente desdén por él y sus representantes son estigmatizados, cuestionados, son sospechosos sin posibilidad de ejercer el derecho de defensa. Todo eso y, sin embargo, no hay persona que no se deje seducir por sus encantos, costará encontrar un ser humano que no haya sido tentado y vencido por él. Hablo del chisme.

Según el imaginario, las mujeres son más proclives a chismorrear; incluso, desde la construcción “oficial” de la lengua nos llegan definiciones que, fraguadas al calor de un idioma en masculino, están plagadas de ese mito. Por ejemplo, la Real Academia Española califica comadrear como verbo intransitivo que, dicho en especial de las mujeres, denota chisme o murmullo. Independientemente de lo que diga la fuente autorizada de quien da voces en castellano, lo cierto es que en el tema no cabe hacer diferenciación alguna de género; a hombres y mujeres, por igual, les gusta el chisme.

Pensemos en personajes y situaciones cotidianas que dan testimonio de ello. En primer término, está la persona tras la cortina: en todo barrio hay un vecino o vecina que siempre observa con quién entró Fulano a su casa, a qué horas sale a hacer jogging Zutana, quién trae los niños de la casa de la esquina; tanto es así que, en casos extremos, la cortina (puede ser el marquiset o la persiana) tienen su forma. Ahí está la curvatura —a la altura de la cara— por la que se deja entrever el ojo que, cual big brother (pienso en Orwell no en Verónica Castro), todo lo ve. Es fascinante, no importa la hora, el clima tiene poco que ver y no hay asueto, Semana Santa o feriado de pago obligatorio; allí está siempre, tras el ventanal. Paradójicamente, esa presencia, cuyo aliento sentimos a lo lejos pero también cerca, en nuestros cuellos, es un centinela selectivo pues —por los caprichos de la diosa Destino— nunca está en su trinchera cuando tachan el carro que dejó, frente de la casa, la visita de don Mengano.

Tratándose de escenarios, no se puede menos que invocar a quien tiene una línea de parentesco cercana con el chisme, me refiero al “efecto mirón”. La curiosidad es tan antigua como nuestra huella por este planeta, mas, de un tiempo a esta parte, en Tiquicia hemos bautizado una de sus manifestaciones con el citado apelativo: disminución en la velocidad de circulación vehicular cuando hay un accidente, aglomeraciones alrededor del sitio de un suceso o el detenerse para observar algo inusual son reacciones comunes de las personas para “enterarse” de lo que pasa. Sobre lo que se observe, sin duda, habrá hipótesis, conjeturas, comentarios, reconstrucciones de hechos, castillos en el aire…

Ahora bien, acercándose más a la definición pura de chisme, tenemos a su pariente tecnológico, al 2.0, al de la era digital: las fake news. El caldo de cultivo para ese tipo de informaciones muy sesgadas —por no decir falsas— es el morbo de sus titulares y, luego, de sus contenidos; nos encanta conocer de la vida de los otros. Nuestros prejuicios y nociones de la ajenidad se alimentan de la mixtura perfecta entre algunos poquísimos datos objetivos de realidad y las interpretaciones que de ellos hacemos, según nuestras propias filias y fobias.

Así, llegamos al tuétano: ¿por qué corre por nuestras venas esa gana de traer y llevar noticias verdaderas o falsas, con que generalmente se pretende indisponer a unas personas con otras? Una de las respuestas ya fue dada: el morbo. Como dirían del otro lado del Atlántico, tiene su puntito eso de poder enterarse de cosas de los demás y, a su vez, poderlas contar.  Hay una propensión cuasi irresistible a ello, como cuando se viaja en el autobús y algo nos parece desagradable; tratamos de desviar la vista pero no lo podemos obviar, nos sentimos obligados a lanzar —de cuando en cuando— una mirada furtiva para volver a sentir la desazón o, más llano, el ácido.

El poder es, quizás, la otra gran contestación que puede darse. El tener información de algo o alguien se puede considerar como un capital simbólico que, incluso, puede trasegarse en metálico (evóquese la mercadotecnia de los programas dedicados a dar un recuento de la chismografía de un grupo específico: "los famosos"). Quien se sabe dueño de un chisme se entiende, además, apetecido: la gente de seguro querrá enterarse, piensa quien al tiempo despierta inquietudes con un "no vas a creer...", o cualquier otro preludio al momento chísmico. La persona se hará de rogar o sin más se abandonará a servir la comidilla; en cualquier caso, ha mostrado que supo primero.

La capacidad de indisponer está en ese saber que otorga poder. Es dable manipular en favor o en contra de alguien, se pueden lograr cambios en la planilla, ocasionar la separación de una pareja, influir en una compra de un bien o estructurar toda una estrategia para modular comportamientos como hizo Goebbels con su "miente, miente que algo queda"; todo a partir de un chisme.

En abstracto, es sencillo abjurar de esas "noticias" informales; empero, en la práctica, casi todos somos parte de ellas. Quizás usted propague algún comentario mordaz sobre esta columna o trate de chismear algo de su autor; no se preocupe, como en todo chisme, el último en enterase será el sujeto de quien se habla, o sea, yo.