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Cuando mi hermana se preparaba para el parto, yo pensé que la iba a poder proteger de lo que la gran mayoría de las mujeres embarazadas, si no es que todas, sufren: violencia obstétrica. Este tipo de violencia se caracteriza por ser ejercida por el personal de las instituciones de salud, ya sean públicas o privadas, en contra de las mujeres durante la atención el embarazo, parto y postparto. Si bien tienen diferentes manifestaciones tienen un elemento en común: la mujer deja de ser dueña de su cuerpo y de las decisiones sobre este, su vida y su salud, y queda a la merced del criterio de alguien más. Ese alguien más tiene un poder institucionalizado y suelen ser con frecuencia personas profesionales en medicina y enfermería.

Creo que mi hermana, y la verdad que yo tampoco nunca nos imaginamos que ella sería una víctima más de violencia obstétrica en su máxima expresión. El temor que sentíamos ambas, de estar “solas” a la voluntad del personal de salud, quien decidía a qué hora se debía bañar, como tenía que ser valiente y no quejarse, como tenía que amamantar o no a las criaturas, y un sin número de acciones, tiene aún al día de hoy eco en sus pesadillas y en las mías.

Mi experiencia de cómo me convertí en la Tía Chu, hace un par de años ya, durante el parto de mi hermana aún me saca lágrimas cuando recuerdo los detalles. No son lágrimas de alegría a pesar de que sentía que el corazón se me iba a explotar de la emoción de sostener a unas criaturas frágiles que contenían el germen del amor que siento por mis sobrinos. Son lágrimas de rabia y lástima porque  tuve que obedecer a mi  mi hermana cuando me dijo: “Ud no proteste nada porque mi vida y la de mis hijos está en juego.” Y así experimentó ella su parto, como todas las demás mujeres, entre el miedo de una primeriza en un sistema que no la respetaba y no la informaba: vulnerabilizada y amedrentada por el sistema nacional de salud, sin que sus dudas fueran aclaradas y sin que sus necesidades, y las de mis hermanos ratoncitos, fueran atendidas en su totalidad.

La solicitud de un agente estatal 

En días pasados, nuestro nuevo Viceministro de Presidencia , Rodolfo Piza, pedía para la constitución del gobierno entrante que dejaran fuera el “parto humanizado” del acuerdo entre el Frente Amplio y Carlos Alvarado, nuevo presidente.

Esto inevitablemente desató indignación. No sólo las mujeres nos vemos sometidas al mandato de la maternidad a través de roles y estereotipos de género reproducidos en todos los espacios, desde el ámbito familiar hasta los medios de comunicación pasando por el ámbito educativo formal y la institucionalidad estatal sino que además se nos impone que lo hagamos desde el sufrimiento, el dolor y hasta la humillación. 

Sin duda, esto es un cálculo político del señor Piza, que asume que se trata de una estrategia para posicionar a través   del parto humanizado, la urgencia histórica de asegurar el aborto terapéutico pero si bien estos dos temas tiene una base en común, que es el derecho a decidir de la mujer sobre su cuerpo, en el primer caso se trata de poder decidir qué posición tomar durante el parto, si quiere o no quiere parto vaginal o cesárea, trato gentil y cortés del personal hacia la mujer sin juzgamientos o imposiciones de valores del personal de salud, y en general toda una atención para garantizar la mejor experiencia y en el segundo caso se refiere al derecho asegurado legalmente casi desde hace 5 décadas a poder decidir interrumpir el embarazo cuando sea para evitar un peligro para la vida o la salud (emocional y/o física) de la mujer y que no haya podido ser evitado por otros medios.

El mensaje que envía el señor Piza como agente estatal, con estas declaraciones  es querer que se siga reproduciendo la violencia contra las mujeres. Esto no solo es reprochable personalmente sino también como representante del estado costarricense. ¿Cómo es posible que ni siquiera podamos tener derecho a tener un parto respetado y humanizado, una experiencia feliz y satisfactoria del inicio de una posible maternidad?

Entonces señor Piza, le ruego, le exijo que se retracte y aclare sus palabras así como que manifieste su imperativo compromiso con la erradicación de toda forma de discriminación y violencia en contra de las mujeres, particularmente a la luz de los avances que ha hecho la C.C.S.S y de las directrices de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

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