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Martes, 15 de octubre de 2019



COLUMNISTAS


Cada quien por su parte

Vladimir de la Cruz [email protected] | Miércoles 03 abril, 2019


Pizarrón

Las elecciones municipales están calentando al interior de los grandes partidos políticos como Liberación Nacional, la Unidad Social Cristiana y Acción Ciudadana.

Quedan siete meses para que abra públicamente la campaña electoral que concluirá el primer domingo de febrero del próximo año, campaña que afectará 82 cantones y, probablemente, involucre, como actores principales, en todos ellos, a casi 150 partidos políticos que están en proceso de terminar sus inscripciones.

En este plazo todos los partidos políticos deben estar debidamente inscritos ante el Tribunal Supremo de Elecciones, con sus Asambleas nacionales, provinciales y cantonales, según sean los casos, igualmente realizadas, donde deben actualizar sus Comités Políticos, en aquellos partidos que corresponda hacerlo, y tener aprobadas las candidaturas para Alcaldes, regidores y síndicos municipales, así como los de Intendentes. La totalidad de candidatos puede llegar a más de 40.000 personas los posibles aspirantes a estos puestos.

Pareciera que a la vista no hay procesos de coaliciones electorales, es decir, la posibilidad de que dos o más partidos se unan, bajo una nueva denominación, para participar conjuntamente en las elecciones. Esto significa que cada quien va por su parte del queque electoral que se ofrece a la vista.

Cómo cuesta en el país impulsar estos procesos de coaliciones electorales que permitan mejorar la representación política y el alcance regional de los mismos partidos.

No hay cultura política, no hay educación política ni sentido cívico de participación política conjunta que contribuya, del mismo modo, a la toma de acuerdos políticos consensuados, a la misma cultura política de impulsar acuerdos políticos que se siguen viendo demonizados y perversos.

La vida en general, incluida la vida cotidiana y familiar de cada persona, es el resultado de constantes acuerdos de convivencia social para progresar como personas y como familias. La vida política no es ajena a esta situación.

Se pacta con la esposa o el cónyuge, se pacta con los hijos, se pacta con los familiares y con los amigos, tanto los lazos, como los vínculos, de las relaciones familiares y de amistad. No existe un acto escrito resultante de estos pactos, más allá del acta matrimonial y de las actas de nacimiento. Son pactos que se renuevan día a día, por consenso, por práctica de vida.

En estos pactos se trazan visiones, directrices, planes de convivencia, de mejoramiento colectivo de la familia, de los hijos, se planean estudios y trabajos, se programan ahorros y se ven metas de inversión familiar, tanto en los proyectos educativos y culturales de la familia y de los hijos, como de desarrollo material cuando así se deciden.

Cada familia es como si fuera un pequeño país. Tiene su propio territorio, sus límites materiales con sus vecinos, su autonomía, independencia o soberanía familiar, su propio régimen de seguridad y cuido de la familia y de los bienes que son propios, pero, al mismo tiempo, sobre todo cuando se vive en barrios, una gran relación o interrelación de colaboraciones, apoyos materiales y afectivos también con las otras familias, especialmente las que son más cercanas y más “amigas”.

Cada familia tiene también su propia historia, de trabajo, de solidaridad y cooperación, de valor, y de valores, de progreso. Yo crecí en familias, mi materna y paterna, con mujeres al frente que tuvieron que asumir el papel principal de crianza, de educación y hasta de generación de ingresos con sus trabajos. Alrededor, principalmente, de las abuelas se reunía la familia con regularidad, para almorzar, para tomar café o para visitarlas.

Esas reuniones servían para hacer repaso de la familia activa y de quienes ya la habían dejado por fallecimiento. Recuerdo cómo se valoraba el peso de los antepasados en la transmisión de sus ejemplos de trabajo, de honradez, honestidad, de sencillez, entre otras cosas. Mis bisabuelos ya fallecidos tenían presencia cotidiana y se les mantenía el afecto como si estuvieran vivos. Esto nos enseñó a valorar la propia familia, aún con sus limitaciones económicas o de pobreza y provocar una sensación de identificación con todos los familiares, pero sobretodo nos enseñó a entender que si mi familia valía, igualmente valían todas las otras familias, y si valían todas las otras familias, lo que más valía éramos todos los costarricenses, como suma de familias, quienes, desde cada trinchera familiar aportábamos lo que nos correspondía por salir adelante como grupo familiar, pero también como país, como la colectividad costarricense que somos.

Hoy esta perspectiva se ha perdido o debilitado. Desde hace muchos años se han impulsado valores individualistas, desde la educación, la vida social, los medios de comunicación en todas sus formas, y a veces desde las mismas familias muy fuertes que han opacado esas tradiciones y valores familiares solidarios, estimulando sentimientos de indiferencia social, de exclusión, de marginación, de un profundo individualismo y de una vida social en conflicto, siendo el más importante el de la sobrevivencia. Este escenario es casi de “sálvese quien pueda” por medio de una movilidad social violenta basada en el consumo y la apariencia material.

La vida política no está al margen de esto. Es también desde la vida política y pública que estas conductas se han estimulado.

La construcción social y política de la Costa Rica actual se hizo con grandes acuerdos políticos y sociales.

La vida relativamente pacífica que tenemos, con ausencias de estructuras militares como un ejército, con apego a la legalidad y constitucionalidad, con exaltación de Derechos y Libertades, con abolición de la pena de muerte, con orgullo del sistema democrático que posee el país, con el Estado de Derecho que funciona, ha sido posible justamente por haber concertado una serie continua de pactos, grandes y pequeños, públicos y notorios, como algunos, y otros discretos, pero que han garantizado esa convivencia social y esa vida democrática que poseemos.

Las luchas sociales en todas sus formas, con sus huelgas y sus demandas, han contribuido, como resultado de ellas, a engrandecer esa vida social y hacerla más placentera, aún hoy con sus limitaciones. En general, también esas luchas sociales han terminado en pactos sociales, en acuerdos de los grupos en conflicto porque han tenido los dirigentes capaces y autorizados política y socialmente para pactar y llegar a acuerdos.

El desarrollo de un estado asistencialista y benefactor, en una importante etapa de la vida nacional, también contribuyó a tener la vida que hoy disfrutamos los costarricenses.

El sistema de salud y de servicios públicos que hoy tenemos es el resultado de políticas que desde el siglo XIX se impulsaron para tener obras de infraestructura, instituciones de salud, sistema de cañerías y aguas potables, electricidad, construcción de viviendas con sentido social.

Estas políticas en sus distintos momentos fueron el resultado de acuerdos políticos de gobierno, con el Gobierno y del Poder Legislativo. Hubo siempre los hombres y políticos visionarios que permitieron crear los escalones para avanzar. Nunca han dejado de estar y existir esos hombres y mujeres en posibilidad de llegar a grandes acuerdos nacionales. Hoy los seguimos teniendo.

Los gobiernos no dejaron de ser criticados y cuestionados, de ser enfrentados en procesos electorales, pero quienes cuestionaban y enfrentaban no obstaculizaban aquellos proyectos que, de una u otra manera, contribuían para ir sacando el país hacia adelante. Hacían valer sus posiciones adversas, pero dejaban avanzar.

¿Por qué hoy cuesta tanto llegar a acuerdos nacionales? Las elecciones en general son escenarios en posibilidad de construir estos acuerdos; sin embargo, no se aprovechan.

El Acuerdo Nacional aprobado por las fracciones legislativas en el 2017 impactó positivamente a los programas de gobiernos que presentaron todos los partidos que lo firmaron, para las elecciones del 2018, entre ellos el Partido Acción Ciudadana, pero ¿cuánto compromiso tienen esos mismos partidos hoy con lo que se firmó en el 2017?

Como coaliciones electorales importantes funcionaron exitosamente la que llevó a Teodoro Picado Michalski en 1944 a la presidencia, la que llevó a Mario Echandi Jiménez a la presidencia en 1958, la que llevó a José Joaquín Trejos Fernández a la presidencia en 1966 y la que llevó a Rodrigo Carazo Odio a la presidencia en 1978 que luego evolucionó a una fusión que dio origen al Partido Unidad Social Cristiana, a la de Pueblo Unido, que reunió tres partidos de izquierda y eligió sus diputados.

Y cómo grandes pactos políticos, fuera de elecciones, aún sigue pesando en el imaginario nacional el de 1943 entre el Gobierno, la Iglesia y el partido comunista, o el que le puso fin a la Guerra de 1948, el conocido Pacto de Ochomogo entre José Figueres y Manuel Mora, y el Pacto de la Embajada de México o el Pacto Ulate-Figueres, de ese mismo período de la Guerra Civil.

A nivel parlamentario, actualmente está funcionando una práctica de un grupo importante de diputados, de varias fracciones parlamentarias, que buenos frutos legislativos está produciendo, pero ¿aguantará esta unión alrededor de ciertos proyectos legislativos? ¿La próxima elección del Directorio Legislativo pareciera amenazar estos esfuerzos unitarios?

Las elecciones municipales de fin de año han alborotado los partidos políticos en puja por sus candidaturas, por los métodos de escogencia de candidatos y por los requisitos, hasta económicos de inscripción de candidaturas que han aprobado algunos partidos por la discusión de cuáles autoridades municipales que, tienen derecho y posibilidad de ser reelectas, deben continuar o no en los cargos, y por eventuales coaliciones con el Partido de Gobierno que se estiman o se califican en medios informativos de perjudiciales.

El mismo gobierno, con una frágil alianza y apoyo multipartidista a nivel del Consejo de Gobierno, de los ministros, con varios de distintas tiendas partidarias o políticas, no provoca una política o una acción similar, al menos en cantones que sean claves para el desarrollo institucional, político y económico del país. Ni tampoco los partidos políticos que tienen esos ministros se sienten coaligados y dan constantemente explicaciones que esos ministros están ahí apenas con permiso de los partidos para que formen parte del Gabinete Presidencial.

Así las cosas, las elecciones municipales están arrancando con la intención de ir cada quien por lo suyo, de ir viendo cómo se mantienen o aumentan las presencias políticas en las alcaldías y municipalidades.

Hasta ahora no se están planteando proyectos de gobiernos municipales, ni plataformas programáticas de gobiernos y de acción municipal que tiendan a resolver los problemas de las distintas comunidades. Los partidos políticos para participar en las elecciones tienen obligación de presentar estos programas y estas plataformas de acción gubernativa municipal. ¿Cuándo lo harán del conocimiento de cada comunidad de electores?










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