Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 15 Agosto, 2016

Creo, además, que todo transporte público debe ser regulado por el Estado, tanto sus tarifas como sus requerimientos de seguridad

Buscando precios

Aquí, desde la clase media y batallando para no descender de cierto nivel de confort cotidiano, hago malabares mes a mes. Como tantos de ustedes trato de adaptarme a los precios que suben con los ingresos que se mantienen. Nos proponemos ahorrar y nos ponemos en la tarea.
Hablemos de necesidades no de lujos.
Las compras de comida y artículos de limpieza son todo un tema. Porque azúcar es azúcar y, más allá de qué tan refinada la prefiera uno, no hay grandes diferencias entre una marca y otra, y todas son nacionales. Ya en el arroz el porcentaje de grano entero modifica el aspecto, el precio y el gusto. Pero seguimos en productos costarricenses. Bueno, y si pensamos en el café, tico también, la oferta nos abruma y la variabilidad en los precios nos mantiene frente a la góndola equilibrando el gusto con el costo.
Todo se complica con ciertos productos. Las latas, por ejemplo. Sí, hay arvejas, maíz dulce, hongos, garbanzos, etcétera, de todo precio, tamaño, calidad y procedencia. ¿Qué hacemos? Yo traté, durante años, de comprar solo lo nacional pero la crisis económica me obligó a fijarme más en el precio (supervisible) que en el lugar de origen (que requiere de lupa).
Tengo, sin embargo, un principio ético inclaudicable: si necesito un producto y este existe bajo la marca “Del Ángel” siempre lo elegiré. No me olvido lo que esta empresa hizo por la comunidad de Cinchona luego del terremoto de 2009.
Perdí la fidelidad a muchas marcas cuando me enteré que habían sido comparadas por multinacionales o monopolios. Así me pasó con el atún que compré durante años. Si de repente descubro un productor nacional que la pulsea y, encima, logra que sus precios sean competitivos, lo apoyo adquiriendo sus productos.
Con las frutas y verduras no tengo problemas: voy a la feria del agricultor, paseo y elijo lo que quiero.
Mi carro no es un lujo. No es nuevo, lo compré usado. Nunca he querido tener un vehículo que signifique estatus. Es solo un medio de transporte. Si está en el taller, tengo restricción o voy a pasar más de cuatro horas en San José y me veo obligada a pagar parqueo, necesito usar otra forma de llegar.
Si utilizo mis conceptos de ahorro, comodidad y principios éticos para escoger un transporte alternativo: el bus cumple con el primero y el tercero pero no con el segundo; el taxi (hoy por hoy) solo con el segundo y el tercero y Uber (también hoy por hoy) con el primero y el segundo.
El descarnado concepto capitalista que indica que el precio lo determina la oferta y la demanda nunca me ha terminado de gustar y Uber es sin duda Adam Smith sin asco. Creo, además, que todo transporte público debe ser regulado por el Estado, tanto sus tarifas como sus requerimientos de seguridad. Así que mi primera opción es viajar en los rojos.
Pero no me gusta que haya tanto taxista agresivo, maleducado, prepotente. Y que solo se unan para defender sus intereses personales, rara vez para apoyar las luchas sociales.