Claudio Alpízar

Claudio Alpízar

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Jueves 2 Junio, 2016

 En la política costarricense la fuente de autoridad basada en la tradición esta desacreditada, ha perdido valor en el ciudadano

Burocracia y fuentes de poder en la política

Si Max Weber (1864-1920) pudiera pronunciarse en 2016 sobre la burocracia, gritaría molesto por lo que se interpreta y lo que la define, la pensó como la forma más eficiente de organización. Empero, hoy se sentiría frustrado al ver que para muchos significa lentitud, tramitomanía, bloqueo y desidia.
Weber sostenía que existían tres fuentes de autoridad: la tradición, la racionalidad y la personalidad carismática. Quien escribe estas líneas piensa que para el caso de la política la última es la determinante. La política comprendida en su mayor nivel como la lucha por el poder exige altísimas cualidades de atracción personal, para provocar en los demás empatía para un camino conjunto con sumatoria de esfuerzos.
Aclarando antes que no pienso que las tres sean fuentes independientes de autoridad, sino consustanciales, estoy convencido de que la personalidad carismática es la fundamental. Para el caso de Costa Rica, el que más me interesa, la falencia de liderazgos reconocidos, solidarios y con credibilidad ha promovido que algunos prioricen en el ejercicio de gobierno las fuentes de la tradición o de la racionalidad.
En la política costarricense la fuente de autoridad basada en la tradición esta desacreditada, ha perdido valor en el ciudadano. Suficiente es observar la enorme cantidad de ciudadanos que no tienen partido político (entre un 60% y un 70%, dependiendo de la encuesta), que inclusive teniéndolo están disputas a cambiar al momento de emitir su voto. El recambio generacional hace que los menores de 45 años (más del 60% del padrón electoral) hagan caso omiso de la historia y de las recomendaciones de padres o abuelos al momento de escoger partido o candidato.
Por su parte algunos gobernantes actuales han empezado a promover la autoridad-legal como la solución “política” para mandar al subordinado, olvidando que en política democrática al ciudadano y al burócrata se le inspira y se le dirige más no se le puede “mandar”. Se manda un hato de ganado, pero al ciudadano se le sugiere, convence y se le direcciona sobre objetivos comunes.
De aquí surgen las ocurrencias de proponer 12 ministerios sin decir taxativamente cuáles y por qué ese número, y no tres o 50, lo que muestra una visión minimalista sin ningún sustento racional. Otras se exceden en lo “racional” para proponer concursos curriculares para escoger “gerentes” que sean ministros “no políticos”; y además que quien gane las elecciones presidenciales no conforme su equipo con sus más cercanos sino que comparta la conformación del gabinete con quienes perdieron la elección, una forma de castración del liderazgo político.
El conocimiento político no es solo “experiencia”, tampoco lo es estudio académico, querer darles imagen científica a las relaciones sociales es prácticamente castrarse desde el punto de vista político, es desconocer que las luchas frontales por el poder y el direccionamiento de acuerdos para lograr éxitos compartidos solo pueden estar en manos de liderazgos carismáticos que ejecutan y se salen de la discusión de las trivialidades, a sabiendas de que los gobiernos exitosos toman decisiones políticas y no ideológicas.
Concluiría con la oportuna frase del político inglés Oliver Cromwell (1599-1658), cuando dijo que “un hombre nunca llega tan lejos como cuando no sabe adónde va”, a lo que agregaría que un buen político es mucho más prudente y moderado para no llegar “tan lejos”.

Claudio Alpízar Otoya
Politólogo