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Negocios, productores y distribuidores de licor reconocen importante golpe en utilidades
Bares pagan cara la factura de nueva ley de tránsito


Un recorrido por varios bares de la capital no deja duda del golpe que están sintiendo ante el alejamiento de clientela

Distribuidores y productores de bebidas alcohólicas intentan promover cultura de consumo moderado


Eduardo Alvarado
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Con la cerveza que hubiera pedido se completaban las 24 de una caja, la única caja que se había consumido hasta las 9.20 p.m. en Los 7, un bar de barrio San Cayetano en el que Juancito, su dueño, llegaba a vender hasta siete cajas diarias.
Finalmente decliné pedirla no por falta de ganas sino por la sorpresa que me produjo su sincera respuesta a la pregunta de “¿cómo te ha tratado la nueva Ley de Tránsito”. “En mi caso ya casi me quebró”, y la conversación tomó otro matiz.
Me senté en un banco de la gran barra que compartía con el único cliente presente en el lugar y mientras escuchaba la resignación de Juan, pretendí consolarlo —absurdamente, ahora lo entiendo— enseñándole un brochure que hace las veces de “compendio para poder tomar”.
Un poco más de dos horas antes me había encontrado con ese folleto en el bar Más Tequila en Escazú. El “compendio” estaba colocado en una especie de stand en el que también
había una hoja especificando los montos de las nuevas multas por conducir en estado de ebriedad y una tarjeta con el número telefónico de seis empresas de taxi.
Carlos, el gerente del lugar explicó que se trata de una de las estrategias implementadas por la empresa para mitigar una innegable reducción en la clientela originada en que “definitivamente la nueva Ley de Tránsito asustó”.
Suena extraño que sea justo en un bar donde se recomiende al cliente no ingerir más de una bebida alcohólica por hora o evitar rellenar el vaso antes de que el trago se acabe, pero es así como está funcionando y se notaba en las pocas mesas ocupadas esa noche.
Cocteles, uno eso sí, refrescos gaseosos y una que otra cerveza sin alcohol se notaban entre algún cliente que disfrutaba de bebidas más fuertes. Tal como lo había explicado Carlos, cada vez es menos la demanda de botellas o litros de licor, la moderación o el miedo hace que se prefieran los traguitos individuales.
Allí, en Más Tequila, esa reducción en ventas ha sido parcialmente cubierta por el auge de la cerveza sin alcohol y de la light, aunque en ambos casos se tenga que pagar el mismo precio que el de una cerveza tradicional o incluso el de una Premium. También la mayor demanda de comida les brinda un respiro.
Pero en Los 7, a pesar de contar con un amplio menú de bocas, el gran negocio era el licor y la mayoría de clientes llegaban en carro. Juancito me contó que hacía pocos minutos se había ido una pareja que desde años atrás frecuenta el sitio. La señora tomó dos whiskys y el esposo dos cervezas, unas cinco menos que hace seis meses.
El único cliente presente en la barra pidió otro trago y Juan tuvo que ir a servirlo. Hace un tiempo le hubiera dado la orden a una salonera, pero entre diciembre y hoy tuvo que despedir a cuatro empleados y hoy solo lo acompañan la cocinera y otra muchacha, pero ambas salen temprano ante la falta de movimiento en el bar.
Juancito sostiene que las cantinas son una especie en vías de extinción excepto para aquellos que no tengan que procurarse cada mes un alquiler de local y de patente, pues la reducción que se está dando en ventas simplemente desemboca en números en rojo.
La teoría coincidía con algo que acababa de comprobar en el bar Río de Los Yoses, en el que un local recién remodelado lucía bastante lleno para ser un día de inicio de semana. Eso no significa que no se noten cambios en los hábitos de una clientela muy fiel al lugar, tal como lo confirmó el administrador Pablo Sandí, quien reconoce que a la llegada de la ley hicieron un análisis serio de las posibles consecuencias pero afortunadamente se equivocaron.
Me señala con disimulo una mujer que toma Kaiser y explica que las ventas de esa bebida “se dispararon”; luego me muestra a dos señores de saco que en la barra tienen un litro de etiqueta negra para decirme que son clientes desde hace 13 años pero ahora solo llegan y se van en taxi.
Justo a la entrada del sitio uno de esos vehículos espera por clientes, pero los viernes y los sábados, menciona Sandí, la fila de taxis a la espera puede superar los diez, seguros de que habrá clientela.
Son casi las 10 p.m., la nueva hora de cierre de Los 7 —ya no vale la pena esperar a medianoche como antes— y Juancito observa en la cámara de refrigeración que aún le quedan cervezas de las cinco cajas que compró desde el sábado.
Es martes, recuerdo que a pesar de su sinceridad para contar la historia finalmente ni siquiera pedí la cerveza y le explico que llegaré con más tiempo “un día de estos” para tomarme algo con calma. Juan me dice que el domingo vence su contrato con la dueña del local y está tratando de encontrar algún acuerdo que le permita seguir con el negocio: talvez dividir el área en dos y rentar solo la mitad, pero aún no tiene respuesta.
“Si después del domingo pasa y ve la puerta cerrada es que tuve que entregarlo”, dice con resignación el hombre que por más de 22 años ha estado involucrado en el negocio de los bares pero que ahora afirma que para volver a “agarrar” uno, tendría que ser una verdadera ganga.




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