Vilma Ibarra

Vilma Ibarra

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Miércoles 15 Junio, 2016

No estamos vacunados contra los males que tienen enfermas a otras democracias y por el contrario, es claro que mostramos también varios síntomas de descomposición

 

Hablando Claro

Barbas en remojo

Quienes aseguraron que tras la consecución de la candidatura presidencial Donald Trump moderaría sus incontinencias discursivas, se equivocaron tanto como quienes vaticinaban hace un año que su campaña no iba para ningún lado. Lo peor es que ha hecho gala de su desafuero en medio del terrible duelo que enluta a los estadounidenses, a la comunidad LGTBI y a todos quienes nos condolemos en el mundo por la tragedia de Orlando.
El recién llegado a la política estadounidense no esperó siquiera que pasaran las honras fúnebres del medio centenar de vidas segadas por la locura de Omar Mateen calificada por el presidente Obama como de “extremismo autóctono” para usar el drama como argumentación de campaña, en una nada sorpresiva muestra de absoluta insensibilidad y falta de compasión. No solo reiteró su llamado a cerrar fronteras a los musulmanes (cosa absurda porque el perpetrador del hecho era un neoyorquino y por tanto ciudadano estadounidense al que ningún cierre limítrofe hubiera truncado sus macabros planes); también formuló absurdas elucubraciones respecto del presidente Obama y su supuesta complicidad con el terrorismo.


A Donald (como suele llamarlo Hillary Clinton) no le importa el más del 50% de apoyo que tiene el mandatario estadounidense en las postrimerías de su gestión.
Está pescando en las propicias aguas de la inconformidad para con la democracia, sus instituciones y sus aspiraciones no satisfechas de otro sector del electorado.
Está lanzando cantos de sirena con melodías que tristemente muchos escuchan como opciones de solución. Y lo hace, en tanto logra su propósito de hacerse primero con la confirmación oficial de su nominación y luego con la Presidencia nada más y nada menos que de los Estados Unidos de Norteamérica.
Una vez alcanzado ese objetivo absolutamente nadie podría declararse sorprendido de que conculcara derechos y libertades en nombre de la seguridad, lo que de paso supondría una restricción de los derechos del ejercicio de la prensa libre e independiente: un hecho que no por casualidad ocurrió en el mismo instante que desataba sus últimas diatribas contra musulmanes, minorías y demócratas y que se manifestó en su enfrentamiento del lunes con el Washington Post, al que retiró las acreditaciones para cubrir su campaña.
Cualquiera diría que son muchas las manifiestas intenciones de lo que haría en una terrorífica eventual presidencia. Algo que millones en el mundo nos negamos a aceptar mientras apostamos a la cordura de la mayoría del electorado de esa nación. Lamentablemente no se trata de nada que no esté sucediendo ya en otras democracias, aunque con diferentes grados y manifestaciones.
Algo que debe advertirnos acerca del peligroso signo de estos confusos tiempos. Para no alentar aspirantes a dictadores, indistintamente del color con que aparezcan. Tampoco aquí, donde no estamos vacunados contra los males que tienen enfermas a otras democracias y por el contrario, es claro que mostramos también varios síntomas de descomposición.
Por eso no hay que desmerecer aquel viejo adagio popular español que reza que cuando las barbas del vecino veas arder mejor pon las tuyas a remojar.

Vilma Ibarra