Humberto Pacheco

Humberto Pacheco

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Martes 19 Julio, 2011


TROTANDO MUNDOS
¿Avanzamos, o No?

El medio año nos trae, a nosotros y a nuestros socios, una serie de reuniones en Europa que nos obligan a un trajín muy intenso. De Costa Rica y Nueva Zelanda convergen abogados a cumplir con una apretada agenda en un plazo corto. Tras diez días de reuniones muy intensas, a través de varios países europeos, incluyendo el domingo que quedó encerrado en que nos tocó una en Londres bajo un clima inusualmente caliente, y de alguna sesión en la que los ánimos de las partes se exaltaron mucho, lo que también nos afecta a los asesores, decidimos salir huyendo para “nuestro” pueblito suizo a tomarnos un par de días de descanso. Algo que a veces, a los setenta y un años de edad, se nos olvida hacer.
No es una queja. Escogimos este modus vivendi desde jóvenes y no nos hemos arrepentido un solo día. Hacemos la referencia solo como medio de resaltar el tema de esta columna. Estando allá decidimos salir a manejar por la única carretera del pueblo, sin rumbo definido, y nos tomó, de segundos, una presa ocasionada por los trabajos de recarpeteo de un tramo de carretera al que no le habíamos visto arrugas, pero que según los suizos, ya le tocaba cumplir un ciclo de mantenimiento en serio decidido bastante tiempo antes.
Fue casi un afrodisíaco ver al gordo de la planadora (casi siempre vienen juntos) quitándole suciedad al rodillo con una espátula para que el espejo de superficie que él iría dejando a su paso no se viera afectado por piedrillas y otros objetos foráneos, haciendo orgulloso alarde de su trabajo. Sus colegas habían colocado un maravilloso asfalto que aún en los días más peligrosos del invierno nórdico no resbalará, recogiendo las pocas piedritas que caían fuera del cuadro para que no dejaran un ambiente sucio. Esto nos recordó, por un lado un tramo que asfaltaron por Abangares o Arenal en el que los usuarios se quejaban de que apenas lloviznaba se volvía la trampa de la muerte resbalosa, y por otro, algunos trabajos en Escazú adonde dejaron botada toda la porquería inservible que quitaron porque era mucho trabajo llevársela al botadero apropiado- sí es que lo hay.
Algo de lo que más nos impresionó fue ver la calidad de la base de concreto, pelada cuando le removieron el asfalto viejo, y el grosor de la nueva capa que le estaban colocando. No se visualizaba ni por un momento que en pocos días de lluvia se pudiera lavar, algo muy frecuente en nuestro medio que queda sin ulteriores sanciones porque los socios internos del negocio no lo denuncian.
Terminado el plazo de espera nos dieron paso trás una legendaria “van” Volkswagen que “jalaba” muy poco, lo que cuesta arriba era enervante. La experiencia grata de ese día la cerró su conductor, poniéndole una cereza al queque al orillarse apenas pudo para dejar pasar a los demás. Algo así como lo que hacen todo el tiempo los camioneros y autobuseros de nuestras carreteras.
Esta no es una crónica con la que esperamos ganar un Pulitzer. No es la relación de un viaje a Europa, tan trillada. Es un propuesta de que sigamos remarcando sobre la necesidad de convertirnos en una sociedad mejor, imitando a aquellas que por cientos de años han tenido la madurez de buscar una mejor calidad de vida. Sí aceptamos que nada se puede hacer para mejorar, la causa estará perdida y estamos irremediablemente condenados a ser centroamericanos.
Y a ese viaje, señoras y señores, se van sin nosotros.

Humberto Pacheco
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