Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 18 Junio, 2015

Distintos mandatos presidenciales dejaron al garete lo que serían providencias idóneas para abatir los efectos de las sequías. Pero nada ha cambiado que no sea para agravarse

 

De cal y de arena
Ante el cambio climático

Nos azota implacable el cambio climático. Le acompaña otro fenómeno de más añosa visita, El Niño, ese calentamiento de las aguas del océano Pacífico y el enfriamiento de las del Atlántico. De sus graves efectos se nos advierte no para que intentemos lo imposible —impedirlos— sino para que aprendamos a convivir con ellos y a adoptar en nuestras actividades cambios remediadores.
Sabemos por el Instituto Meteorológico Nacional que El Niño ya registra niveles de intensidad como nunca vistos en los últimos 30 años y que mayores los padeceremos en el segundo semestre de 2015, con la particularidad de que los tres veranillos propios de la vertiente del Pacífico (San Juan y dos canículas) serán más intensos y prolongados que lo normal sin que se descarte la posibilidad de que se sucedan tan seguidamente como si fuesen uno solo.
El IMN hace hincapié en que este comportamiento propiciará condiciones climáticas extremas —sequías en la vertiente del Pacífico e inundaciones en la del Atlántico—. Es una reiteración de las malas noticias acompañadas de advertencias para que cada quien —en singular el gobierno y el productor agropecuario— se prepare para capear lo que pinta como algo mucho peor que un temporal.
Esto de las sequías y las inundaciones es algo recurrente en la agenda nacional. Hace pocos días dos autorizados agrónomos, con vasta experiencia y hondas raíces en la temática del agro —Juan Rafael Lizano Sáenz y José Rafael Brenes González— desnudaron ante la periodista Vilma Ibarra la larga lista de omisiones imputables a distintos mandatos presidenciales que dejaron al garete lo que serían providencias idóneas para abatir los efectos de las sequías (de cuyo agravamiento ya había pronósticos).
Tirón de orejas también para grandes sectores del empresariado agropecuario que no asumían la responsabilidad de prepararse para encarar los desafíos pero sí corrían a extender al Estado la mano pedigüeña, una deformación cultural aún presente.
Omisiones desde que se concibió el Embalse Río Piedras para transferir aguas del Arenal hasta la adopción de prácticas agrícolas y de manejo del ganado distintas con presencia de otra genética animal y la introducción de otra selección de cultivos, dentro de un programa novedoso de amplia base que si se hubiera acometido nos tendría hoy ante una realidad menos apremiante.
Pero nada ha cambiado que no sea para agravarse: la acción del Estado sigue igualmente amoldada a programas de emergencia que solo proveen auxilios circunstanciales; un universo de empresarios que en buen número no se esfuerza por entender que también a ellos les cae el deber de cambiar; una burocracia amoldada a su zona de confort; sangre nueva que se desmotiva.
¿Y el agua? Ni para consumo humano hay en ciertos caseríos, no importa que se boten al mar 30 metros cúbicos de las fuentes de Arenal. Su aprovechamiento está estudiado pero los proyectos no ven la luz; todo está entrabado por obra de una maraña institucional, jurídica y burocrática, lo que torna cada día más gravoso el peso del azote del clima. ¡Qué decir si ni siquiera hay una política de Estado que se ocupe del destino de un sector que integra el 20% del PIB!

Álvaro Madrigal