Tomas Nassar

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Jueves 2 Abril, 2009

VERICUETOS
Andar en muca

Tomás Nassar

¿Se acuerdan de que hace años a las bicicletas las llamábamos “mucas”? No tengo la menor idea del porqué de esa denominación, aunque me parece mucho más sensual que “cletas”, el vocablo actual.
Muca, dice la Academia, es una variedad de gallo de pelea, casi extinguido, muy grande, de color marrón oscuro y pico muy fuerte. Nada que ver.
El que Cleta y Muca sean términos en femenino despertará, supongo, más de una suspicacia. Claro que no tiene nada que ver con asuntos de género, por lo que no será de recibo el símil del ciclista masculino y la bicicleta femenina, circunstancia de la que derivaría el equívoco de que el macho manejaba a la fémina. Craso error. Al igual que con las bicis, se puede tener la percepción del varón que conduce, dirige, orienta, impone ritmo y dirección, cuando en realidad, viéndolo objetivamente, es ella, Muca o Cleta, la que determina las condiciones de la marcha.


La muca ha sido el armatoste más apasionante para mí desde mis primeros años. No recuerdo cómo fue mi primera, aunque por supuesto que debió haber sido una Raleigh o una Rudge, de esas que vendían en el Centro de Sport, en Deportes Méndez o en la mismísima esquina que conocíamos como “la Agencia Rudge” del Paseo de los Estudiantes. No habría en todo caso mucha diferencia entre ellas. Todas eran negras, durísimas y pesaban como un mal matrimonio. Un portón, dirían ahora. Las había en tallas pares desde 20 hasta la 28 de doble barra, que solo podían manejar los que ya habían alcanzado la gloria de los años. Asientos negros de cuero retorcidos por el sol que magullaban como no se puede decir.
El artilugio este pasaba a convertirse en algo tan íntimo y tan cercano que no hubiésemos dudado ni un minuto en que éramos, ella y nosotros, hermanos siameses pegados por las posaderas. No había minuto del día en que no estuviésemos con la bici, sobre la bici, junto la bici, espiándola por la ventana de la clase, o acariciándola con la mirada cuando nos íbamos a dormir y muy modositos la dejábamos al lado de la cama, no vaya a ser que la fuéramos a necesitar en la madrugada, o que, no faltaba más, fuera ella a necesitarnos a nosotros. Nacimos y crecimos pegados a una muca, “Erase un hombre a una nariz pegado, érase una nariz superlativa, érase una nariz sayón y escriba, érase un peje espada muy barbado”. Erase un güila a una muca pegado…
El Niño, o San Nicolás, existían en función de la bici que, quizás, nos llegaría del Cielo o del Polo Norte. Qué duro conocer la verdad que nos dejaba, así simplemente, sin la ilusión de su espera decembrina.
De viejo he vuelto a sentir la indescriptible sensación de rodar sobre una bici. No creo que haya una nada comparable al triunfo individual de las cimas que se alcanzan, aunque solo sean cuestas de tercera que para nosotros representan el Everest y que nos hacen sentir como verdaderos Armstrong.
Me comentaron que ahora se puede ir a rodar libremente al Autódromo de La Guácima en Alajuela, que ha dispuesto acoger esa pléyade de fiebres que se han tenido que jugar la vida en las carreteras con tal de no abandonar a la compañera inseparable, en un país donde los conductores ven a los ciclistas como objetivos a destruir o como enemigos que hay que desalojar de las calles.
Bien por La Guácima.