Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 17 Diciembre, 2009


De cal y de arena
Al patíbulo... mas no pudieron liquidarlo

Fue condenado al patíbulo político y sobre su gestión de gobierno cayó la más despiadada campaña de desprestigio habida en tiempos de paz. Para Liberación Nacional fue hereje e iconoclasta y la oligarquía criolla lo repudió como apóstata por desobedecer el recetario con que ella quería controlar la economía. Atrás, el gobierno de Estados Unidos carboneaba, mortificado por el centrifuguismo de aquel mandatario que le desacomodaba las fichas de su tablero político en Centroamérica y que había tenido la osadía de mandar al presidente Carter a la mierda, lo que infartó al embajador Weissman. Para mayores males, Rodrigo Carazo Odio había sido abandonado por sus aliados en la campaña de 1978. Ministros y diputados de Unificación Nacional y hasta uno de sus vicepresidentes le “declaró la guerra”. Se fue quedando solo lo que facilitó la intriga para desprestigiarlo con los cargos de autócrata, soberbio, nefasto y corrupto. Aquello fue una operación aplastante en la que también participaban los principales periódicos a cargo de “ponerles sordina” a sus reacciones. Ningún partido político se ocuparía de tenderle la mano a aquel leproso.

Con rapidez se extendió la versión de que el gobierno de Carazo fue un completo desastre culpable de devastar el aparato económico, la estabilidad social y la ética en la función pública. Recuérdese el Decreto Ejecutivo con que el gobierno siguiente pidió a los ciudadanos denunciar la corrupción de los Carazo. Tampoco ha de olvidarse la obstinada oposición parlamentaria que resistió reformar las leyes donde había que hacerlo para encarar las presiones locales y foráneas sobre la economía. Cuando vino la explosión, violenta, se inculpó de todo a Carazo. Desde entonces le cayó el sambenito de todas las desgracias. Sus errores fueron magnificados y sus aciertos desdibujados, en una versión que muchos repiten todavía hoy. La defensa del ex presidente se perdía en espacios dosificados y don Rodrigo tuvo que escribir “Carazo, tiempo y marcha” (*) para que los ciudadanos pudieran hallar el equilibrio de la balanza y la otra cara de la moneda en temas cruciales como el conflicto nicaragüense, las presiones de Estados Unidos, las imposiciones del FMI, lo del tipo de cambio y la inflación, las relaciones con la Asamblea Legislativa y su enfrentamiento con la banca internacional. Por cierto, un choque que esta llevó a las Cortes del Estado de Nueva York con resultados favorables a Costa Rica. “Alguien” ocultó en una gaveta el fallo que le había dado la razón a Carazo.

Ni voté por él ni me identifiqué con su gobierno. Los años posteriores me acercaron a él, a su explicación de los hechos, a la vertiente de ellos artificialmente deformada, a la firmeza de sus ideas y a la franqueza con que las exponía y las defendía —con una tolerancia rara en los políticos—. A don Rodrigo, carismático como pocos, perseverante, de verbo fácil y encendido, accesible y llano, pude confesarle mis equivocadas apreciaciones. Afortunadamente tuvo tiempo de aquilatar cómo los años han podido ir abriendo espacios a la verdad para aquilatar en su justa dimensión sus aciertos y errores.
(*) Agotado el libro, la UNED debería reeditarlo.