Nuria Marín

Enviar
Lunes 11 Junio, 2012


Creciendo [email protected]
Al otro lado del Atlántico


El 10 de junio de 1912 llegó a tierras costarricenses mi abuelo Pedro Raventós. Siendo el menor de nueve hijos en una Cataluña en la que los escasos bienes familiares los heredaba el mayor, tomó la quijotesca decisión de atravesar el Atlántico en busca de mejores oportunidades.
Atrás quedarían la seguridad y sus amados padres, hermanos y abuelos de este veinteañero benjamín, sin la certeza de volver a verlos, como le sucedió a otro de sus hermanos, quien murió en su travesía de regreso a España.
Su única seguridad, diez monedas que le entregó su padre que ayudarían a su regreso en caso de no “encontrar fortuna”. Nunca las usó y las convirtió en un emblema de motivación en su largo camino al éxito.
Trabajó incansablemente toda su vida, labor que le reconoció el gobierno español al otorgarle la Medalla al Trabajo. Gracias a su esfuerzo y 18 años de interminable lucha, sacrificio, ahorro, y muchas agallas, logró independizarse y crear su propia empresa: el Almacén Raventós.
Se convertiría en un exitoso comerciante, quien administraba sentado en una pila de sacos y utilizaba un puro como batuta. Llegaría a convertirse en un importante suplidor de pequeños negocios y uno de los más importantes importadores de harina del país, increíble hazaña para quien contaba con escaso tercer grado de escuela.
Un incendio en lo que es hoy el Edificio Raventós, le permitió convertir una desgracia y grandes pérdidas materiales en oportunidad. Ahí construiría la primera de sus edificaciones y la construcción y alquiler de inmuebles desplazaría el comercio. Se convertiría esta con los años en su más importante actividad empresarial.
Luego de infatigables décadas amasó fortuna brindando a sus descendientes la seguridad de la que él careció. Murió a sus 87 años con las botas puestas, a manos de un doloroso cáncer que le impidió terminar de construir su último edificio, emblemáticamente bautizado como La Llacuna, el lugar que lo vio nacer y que nunca olvidó.
Visité con mi esposo Antonio e hija Andrea, esta que para los nietos se había convertido en una mágica tierra. No era la primera vez que lo hacía. Uno de los tesoros de mi niñez fue la movilización espontánea y cariñosa de la familia catalana ante la llegada de los primos de América.
Fue como adulta y con experiencia en las vicisitudes y retos de la vida empresarial, que entendí visitando la pequeña casa del abuelo, su corajuda hazaña. Pude también conocer a través de las anécdotas de mis primos, de cómo mi abuelo nunca olvidó su familia y religiosamente veló por su bienestar económico hasta su muerte.
Supe también de su ingenio en tiempos de guerra (Guerra Civil y Segunda Guerra Mundial) y cómo ideó un sistema de envío de comida usando pequeños sacos de yute en grandes cantidades y rutas, para que algunos felizmente llegaran a sus destinatarios.
Una vez más conocí del generoso corazón del abuelo para quien el amor a la familia y su vocación al trabajo han dejado una indeleble huella en nuestro ADN familiar.

Nuria Marín