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A los cinco magistrados

Tomas Nassar [email protected] | Jueves 12 abril, 2012



VERICUETOS
A los cinco magistrados

Entiendo perfectamente lo interesante que pueda resultar para los señores magistrados de la Corte Suprema de Justicia, conocer el sistema judicial de China, no solo por las diferencias diametrales de nuestros regímenes jurídicos, sino también por la invaluable experiencia que debe representar el estudiar in situ su organización judicial, por su complejidad y nivel de penetración territorial.
Para un juez de la República cuya cotidianidad se desenvuelve entre expedientes que resolver y problemas consustanciales a la gestión de la Corte y de sus altas salas, debe resultar muy útil entender cómo opera su homólogo en una sociedad de cultura milenaria, que sin duda enfrenta retos mayores y acomete soluciones basadas en otro tipo de valores y principios y en un ordenamiento jurídico inspirado en planteamientos filosóficos y políticos que imponen otra realidad.
Es el equivalente de lo que fue para mí reunirme con mis colegas de una firma de abogados en Pekín y enterarme de cómo las simples pero profundas diferencias culturales imponen un modelo de gestión de bufetes, de atención de casos y de relaciones con los clientes completamente distinto. Razones estrictamente culturales, me dijeron mis anfitriones y, por supuesto, sobre tan lapidaria determinación es innecesario intentar descubrir por qué las cosas son como son.
Avalo sin cortapisas que nuestros jueces tengan una visión cosmopolita, universal de la Justicia, que se enteren de cómo funcionan las cosas en China, pero también en Libia, en Noruega o Pakistán.
Al fin y al cabo, Justicia, llevada a su más profunda concepción y despojada completamente del ropaje de la legislación que imponen los regímenes políticos en que se aplica, es una sola, como un solo Dios, que es uno solo y omnipotente y omnipresente. Justicia es la reivindicación de libertad y equidad y por el carácter divino de estos conceptos, sobrepasa, como dice Rawls en su Teoría de la Justicia, toda mundanidad.
Los jueces de la República siguen siendo garantes de la majestad del sistema, los últimos depositarios de la confianza y la fe ciudadana en nuestra institucionalidad lesionada, un día sí y otro también, por los avatares de desafortunadas acciones de los depositarios políticos del poder, por ello se impone en ellos una conducta ejemplarizante.
Que un magistrado vaya a China atendiendo una invitación oficial no es incorrecto en sí mismo.
Que vaya en las actuales circunstancias de desazón que vive el país es completamente desafortunado e inoportuno porque, dicho sin cortapisas, al país le urgen muestras de desprendimiento y de sensatez. Al fin y al cabo, quizás resulte más provechoso para el Poder Judicial y más sano para su institucionalidad que la Corte pida al Gobierno invitante que nos envíe un profesor de derecho, que nos pueda enseñar aquí, en casa y con el provecho de una audición mayor, lo que solo cinco irían a aprender.
No tengo ninguna duda en cuál será el primero de los cinco que dirá: “no voy”. Apostaría por ello.

Tomás Nassar

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