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Viernes 30 Agosto, 2013

El XXI no es un segundo siglo americano. Pero es una época de transición, donde los estadounidenses son los principales jugadores


¿Un segundo siglo americano?

Finalizando el siglo XX, algunos intelectuales en Occidente anunciaron el advenimiento de un segundo siglo americano, refiriéndose a que la hegemonía económica, política, cultural y militar de Estados Unidos en el mundo se extendería durante el siglo XXI.
Montimer B. Zuckerman, editor del New York Daily News, escribía para la Revista Política Exterior en 1998: “La economía estadounidense se encuentra en el octavo año de crecimiento sostenido que trasciende el “milagro alemán” y el “milagro japonés” de las décadas anteriores. Todo lo que debe estar en orden así lo indica: el PIB, el gasto de capital, los ingresos, el mercado de valores, el empleo, las exportaciones, los consumidores y la confianza empresarial”.
Nadie hubiese imaginado que diez años después el panorama sería totalmente opuesto. La Gran Recesión arrasaría con todo, a modo de cierre de una seguidilla de acontecimientos que ensombrecieron, durante toda la primera década del siglo XXI a un país otrora pujante y lleno de optimismo en su futuro. La quiebra de las empresas.com, los atentados del 11 de setiembre de 2001, las guerras en Afganistán e Irak y, para cerrar en 2007, el estallido de la burbuja inmobiliaria que no solo hundiría a Estados Unidos, sino, también, a Europa y, en alguna medida, al resto del mundo.
El despertar del siglo XXI borró las grandes visiones que anunciaban un planeta bajo el liderazgo de Norteamérica, volcando los ojos hacia el Este. Curiosamente, en 2008, de cara a la recta final para elegir presidente a Barack Obama, la revista Newsweek señalaba que la principal tarea del nuevo mandatario sería guiar a su país en medio de la transición hacia un mundo donde China habría de ser un actor importante.
Hoy los especialistas especulan sobre los diferentes escenarios. Pero existen constantes en el modelaje de los tiempos. Algunas son las tendencias demográficas y las necesidades energéticas para sostener el crecimiento económico, el desarrollo y las ambiciones de un país.
Según la Oficina del Censo de Estados Unidos, en 2010, la población de esa nación ascendía a 308 millones, con una composición étnica de 60% blancos, 16,3% hispanos, 12,6% afroamericanos y 5% asiáticos. El resto correspondía a poblaciones nativas. Lo más revelador de ese censo fue que, en la última década, las minorías étnicas habían contribuido con el 80% del crecimiento poblacional. En otras palabras, ese país está en un extraordinario proceso de cambio demográfico.
La Agencia Internacional de Energía (AIE) anunció en 2012 una acelerada transformación en el mapa energético mundial, por el ascenso de Estados Unidos como mayor productor de petróleo para 2017. De acuerdo con ese informe, en las próximas dos décadas los norteamericanos reducirán sus importaciones de petróleo y, adicionalmente, se convertirán en exportadores de gas y, en términos netos, autosuficientes en la producción de energía para 2035.
En el corto plazo, de acuerdo con el último informe del FMI, la recuperación económica sigue siendo débil. En 2012, el crecimiento del PIB alcanzó un 2,2% y para el primer trimestre de 2013 ese indicador fue de un 1,8%, lo cual contrasta con el -3,1% de 2009. El desempleo, en julio cerró con un 7,4%, cifra que poco a poco ha estado alejándose del 9,6% que aterrorizó a las autoridades económicas en 2010.
Los hechos hablan: el siglo XXI no es un segundo siglo americano. Pero se puede afirmar que es una época de transición, donde los estadounidenses son los principales jugadores, con una influencia indiscutible en el orden planetario que se está gestando.

Juan Carlos Pérez Herra

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