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Pequeñas empresas: el ciclo perverso

Arturo Jofré [email protected] | Viernes 11 julio, 2014


Aun si la Banca de Desarrollo no llega a ser muy exitosa (que es bastante probable), puede dar un empujón al ciclo virtuoso


Pequeñas empresas: el ciclo perverso

Si los gobiernos aplicaran el principio básico del campesino: siembre, cuide y coseche, la pequeña empresa podría bajar considerablemente su tasa de mortalidad temprana. ¿Es muy complicado revertir el ciclo perverso por este primitivo principio natural? No debería serlo.
El principio perverso de las instituciones es obstaculizar la siembra, atacando con las bazucas de la burocracia. Es así como han logrado que Costa Rica sea un país difícil para emprender negocios “con todas las de la ley”. Eso invita a evadir las normas y finalmente engrosar los negocios informales… o andar escondido como delincuente para que no le clausuren el pequeño emprendimiento.
Cuando uno ve negocios clausurados con cintas amarillas, no puede quedar impertérrito frente al espectáculo. Detrás de cada cierre hay por lo menos una familia que sufre, unos pocos empleados que quedan a la deriva. Lo peor de todo es la facilidad con que se matan los sueños. Naturalmente hay casos excepcionales justificados.
Cuando se genera un pequeño negocio, las probabilidades de morir en el intento son muy altas. Antes de los cinco años más de la mitad está en el cementerio.
Las causas son variadas, una de ellas es el clima burocrático hostil. Para ser justos, el clima no lo crean los burócratas, son las instituciones que representan y el enjambre de normas que no facilitan un clima más saludable para el crecimiento.
El negocio del Estado es otro: facilitar que los emprendimientos crezcan, nunca obstaculizarlos.
¿Cómo? Una medida importante es eximir de todo impuesto a la pequeña empresa durante los cuatro o cinco primeros años de funcionamiento, a fin de que hayan alcanzado el punto de equilibrio (ingresos igual a gastos) y una utilidad aceptable. A todos nos conviene que el árbol crezca hasta que sus frutos permitan entregarle riqueza al Estado, nunca antes.
Si buscamos inversión extranjera directa y les damos todo tipo de facilidades tributarias a cambio de que generen empleo (lo que está muy bien), ¿por qué no liberamos de impuestos a nuestros emprendimientos para que crezcan?
Es posible que muchas de estas pequeñas empresas estén en condiciones de tributar antes de cinco años, no importa, mientras más creciditas estén, mejores contribuyentes serán.
Muchos dirán que existe el sistema de tributación simplificado, o que hay una lista de productos exentos de impuesto de ventas, u otras ventajas para favorecer a sectores específicos. Son instrumentos buenos, pero mezquinos.
Si a la exención de impuestos se agrega la desburocratización del sistema para iniciar una empresa, como es la característica de muchos países, y con el concurso de la reformada ley de Banca de Desarrollo, se puede ayudar a crear un clima más amigable para los gestores de nuevos emprendimientos y a quienes luchan por sobrevivir.
Aun si la Banca de Desarrollo no llega a ser muy exitosa (que es bastante probable), puede dar un empujón al ciclo virtuoso.

Arturo Jofré
[email protected]


 


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