Nuevo presidente argentino no es amigo de Venezuela: M. Margolis
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Recién salido de una agresiva campaña que destituyó a una dinastía política y dividió a Argentina en dos, el presidente entrante, Mauricio Macri, fue categórico en una conferencia de prensa este lunes. “Si dije que lo haría, lo haremos”, declaró respondiendo a si pensaba cumplir su promesa de campaña de llamar la atención al régimen autócrata de Venezuela por violar los derechos humanos y pisotear la democracia.

Macri prometió presionar a vecinos y aliados para cuestionar la afirmación de Venezuela de ser una democracia. “Lo que está pasando en Venezuela no tiene que ver con el compromiso democrático que hemos asumido todos los argentinos”, dijo.

Este mensaje más amplio referido a la necesidad de salvaguardar la democracia no debe pasar inadvertido a América Latina, una región donde persisten autoritarios –en Venezuela, Ecuador y Bolivia- pero un pacto de club impide que los líderes con intención democrática levanten una queja.

Pensemos en la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, que fue electa por primera vez con la promesa de levantar la voz siempre que se atacaran los derechos humanos. Hasta ahora no ha alzado su voz contra el presidente Nicolás Maduro, que al igual que su predecesor, Hugo Chávez, ha afianzado su poder intimidando a los detractores que no envió a la cárcel. Maduro ha impedido que veedores externos –salvo una delegación de la Unión de Naciones Suramericanas inspirada por Chávez- monitoreen la elección legislativa de Venezuela el 6 de diciembre, incluido el enviado de Rousseff.

Es cierto que Luis Almagro, secretario general de la Organización de Estados Americanos, envió recientemente al gobierno de Maduro una carta de 18 páginas reprendiéndolo por sofocar la disidencia y manipular las normas en contra de adversarios políticos. Pero desde que se firmó en 2001, la Carta Democrática Interamericana de la organización sólo ha sido invocada dos veces en contra de países truculentos. La admonición dirigida a Venezuela censuró, no los excesos del Chavismo, sino a los enemigos del régimen que organizaron un golpe en 2002 contra Chávez que luego fracasó.

La dura posición de Macri es notable no sólo debido a la timidez de América Latina frente a los dictadores, sino también a las amistosas relaciones del gobierno argentino con la República Bolivariana. La presidenta saliente, Cristina Fernández de Kirchner, no sólo miró hacia otro lado cuando Chávez, y luego Maduro, pisotearon derechos democráticos. Selló una alianza estratégica con Venezuela.

Después de que una cesación de pagos significativa dejó a Argentina fuera del mercado de crédito internacional, el entonces presidente Chávez intervino comprando bonos argentinos. Cuando las políticas económicas calamitosas de Chávez generaron una inflación altísima y vaciaron las góndolas de los supermercados, Fernández corrió en su auxilio con envíos de carne de vacuno y otros productos alimentarios básicos a cambio del petróleo venezolano.

En 2007, un oficial de seguridad aeroportuaria en Buenos Aires capturó a un empresario de Florida llegado en un vuelo proveniente de la capital de Venezuela transportando una maleta con alrededor de $790 mil. Según se informó, el dinero era una donación en negro del gobierno de Chávez para la campaña de Fernández por la reelección.

En 2012, Argentina organizó una reunión del bloque comercial Mercosur donde los países votaron a favor de suspender a Paraguay del grupo después de que su congreso derrocó al impopular presidente Fernando Lugo. Paraguay era precisamente el único país que se oponía a que Venezuela se incorporara al bloque, y quitándolo del medio, Venezuela fue rápidamente bienvenido a la manada.

Macri prometió ahora poner en discusión la salida de Venezuela en la próxima reunión del Mercosur. En realidad, el nuevo presidente –que asume el 10 de diciembre- estará muy ocupado, tratando de rescatar una economía que se va a pique y gobernar frente un congreso en gran medida hostil. Pero más allá de lo que significa su elección para la política interna, resulta claro que Venezuela está a punto de perder a su último mejor amigo. En una región donde la democracia todavía está en riesgo, es algo para celebrar.


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