Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 9 Septiembre, 2013

Los mercenarios

Un mercenario es, según el diccionario de la Real Academia Española, “alguien que por estipendio sirve en la guerra a un poder extranjero” o, en una segunda acepción, una persona que “percibe un salario por su trabajo o una paga por su servicio”. Según esta última definición muchos seríamos mercenarios.
Como es bastante feo pelear en una guerra del lado del mejor postor, olvidándose de los ideales y asesinando a cambio de un buen puñado de dólares, la palabra mercenario es un insulto.
Muchísimos abogados, que sirven a grandes intereses económicos, pueden siempre argumentar que no son mercenarios o, en todo caso, que su trabajo se enmarca dentro del segundo significado de la palabra.
Ahora bien, los políticos… se supone que responden al pueblo (perdón por la inocencia). O, bueno, responden a su ideología, a su partido, y está legal. Que sean mercenarios nos ofende a todos, incluso a los que jamás votaríamos por ellos.
Como tantísimos políticos son, además, abogados, se amparan en su profesión para justificar lo que ellos llaman comisiones, cuando en realidad son sobornos (una de las tantas maravillas del lenguaje es la cantidad de sinónimos que existen para cada palabra).
Y así, aunque no sean abogados pueden ser asesores y siempre repiten la misma cantaleta: “Los dineros girados eran comisiones por servicios profesionales. Lógicamente cobro por mi trabajo.”
Estas sentencias las expongo entre comillas porque pertenecen a uno de mis textos teatrales. Pero si debo ser sincera, no son frases que inventé: las copié de declaraciones de altos funcionarios públicos. Tres expresidentes insisten en argumentar que los millones de colones que grandes compañías multinacionales depositaron en sus cuentas, antes, durante o después de sus gobiernos están legalmente justificadas. Lo legal y lo moral no siempre está equilibrado en la balanza de la justicia.
No me atreveré a afirmar que esos señores son mercenarios porque soy pobre: no tengo dinero para enfrentar una causa judicial. Calladita más bonita.
Creo que René Castro, ministro de Ambiente, no es millonario. Al parecer tiene suficientes pruebas para señalar al legislador Víctor Hugo Víquez como beneficiador de una empresa gasera.
El diputado insiste que su posición responde a la defensa de los consumidores. No estoy de acuerdo: como usuaria (cocino con gas) he tenido muchos problemas con los cilindros. El llenado universal no me beneficia. Si algún día tengo un accidente (¡que el destino no lo quiera!) quiero saber quién es el responsable.
Es evidente que el diputado Víquez no cocina con gas (¿cocina?). Sus argumentos parecen favorecer a una empresa en particular. Su trayectoria nos indica que pertenece al grupo de diputados que legisla a favor de intereses particulares.
He escuchado peores epítetos que mercenario al referirse a don Víctor Hugo. Se le ha calificado como “perro de traba” de los hermanos Arias. La verdad es que su agresividad y misoginia llegan a menudo a la grosería.
A algunos las malas experiencias de vida los ayudan a ser más conciliadores. A otros los ahoga la bronca. No aprenden a crecer emocionalmente. Lástima.

Claudia Barrionuevo

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