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Lunes 15 Abril, 2013

El verdadero empresario no nos impone sus precios con la ayuda estatal, y absorbe sus pérdidas sin pasarles sus facturas a otros


Los falsos empresarios

Defino al verdadero empresario como alguien que emprende con resolución acciones dificultosas, bajo su propio riesgo, con la esperanza de ganancia. Los verdaderos empresarios deben ser objeto de admiración, porque le han brindado empleos y bienestar a la humanidad.
Pero desde hace siglos han existido empresarios aspirantes a monopolistas que se oponen a lo que pudiera hacerles competencia, y que buscan lograrlo mediante conexiones políticas; y el político que los beneficia obtiene su apoyo financiero. Esos impostores prefieren tener un Estado con el cual pueden “pactar” para cobrar más caro o para pasarles sus facturas a otros, antes que operar en un mercado donde no tienen a ese Estado cómplice. En¬tienden por “sector privado” empresas que no compi¬ten, una combina-ción de apoyo estatal y control privado; o sea, el mercan-tilismo.


El mercantilismo le quita al consumidor la última palabra sobre el éxito o fracaso de los productos que consume, para colocarla en manos de políticos en colusión con ciertos empresarios, todo en perjuicio de la población. Este sistema ha sido una de las causas principales del fracaso económico latinoamericano de varios siglos.
El mercantilismo es inmoral, ineficiente y corruptor. En él, el éxito no depende de la inventiva y el esfuerzo, sino de la aptitud para granjearse las simpatías de políticos y demás funcionarios públicos —lo que a menudo significa corromper¬los—.
Y al Estado intervenir en la economía interna en beneficio de falsos empresarios, inevitablemente tiene que interferir con el comercio internacional, porque esos privilegios están amenazados por la competencia extranjera.
En el siglo diecinueve el libre comercio destrozó los vestigios del feudalismo y de la tiranía estatista de las monarquías absolutas. A eso se debe volver —a la abolición de las barreras al comercio, de aranceles proteccionistas, de subsidios–, a la apertura de las rutas de comercio mundiales al libre intercambio y la libre competencia, con los ciudadanos privados de los países tratando directamente entre sí.
Hay una simple manera de distinguir al verdadero empresario del falso. El verdadero empresario no nos impone sus precios con la ayuda estatal, y absorbe sus pérdidas sin pasarles sus facturas a otros. Mientras que el falso empresario sí nos impone sus precios o nos pasa sus facturas a todos los demás.
Lo que el mercantilista llama libre mercado no es sino su carica¬tura. Les adjudica a falsos empresarios virtudes del libre mercado cuando ellos han sido parásitos que compran leyes y le¬gisla¬dores, tienen éxito sin competir y se cobijan bajo la mano dadivosa del Estado. Los políticos y los empresa¬rios favo¬reci¬dos con lo que ganan mediante conexio¬nes políticas hablan de preservar ese “libre mercado” con subsidios, arance¬les, fijación de precios y préstamos fáciles. Pero la transfe¬rencia del dinero del contribu¬yente o del consumidor hacia esos falsos empresarios no es “libre”.

Raúl Costales Domínguez
Escritor