María Luisa Avila

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Jueves 3 Abril, 2014

La ira puede aumentar hasta cinco veces el riesgo de desarrollar infarto de miocardio, y triplica las posibilidades de sufrir un accidente


Tricotomía

La ira

El poeta romano Ovidio decía "No os entreguéis por demasiado a la ira; una ira prolongada engendra odio". Qué lejos estaba de saber que muchos siglos después, la ciencia relacionaría la ira con el infarto agudo del miocardio y los accidentes cerebrovasculares.
En una publicación de la revista European Heart Journal de marzo de 2014, reportan que la ira puede aumentar hasta cinco veces el riesgo de desarrollar infarto de miocardio, y triplica las posibilidades de sufrir un accidente cerebrovascular en las siguientes dos horas del cuadro de ira. Si además se es diabético, hipertenso y con alteraciones en el colesterol, las posibilidades aumentan.
Episodios muy aislados de ira, no tienden a generar problemas, pero cuando la misma es un comportamiento frecuente, la salud se compromete seriamente.
La liberación excesiva de altas cantidades de hormonas del estrés: adrenalina y cortisol, es lo que explica las complicaciones vasculares, ya que aceleran las placas de ateromas y el proceso de aterosclerosis, ambas condiciones obstruyen las arterias.
Estos hallazgos son muy importantes sobre todo en un mundo cada vez más cambiante donde las personas no siempre encuentran la manera de satisfacer sus necesidades y requerimientos. Todo, o casi todo, se ha vuelto estresante y frustrante para el individuo, desde las presas matutinas y vespertinas que son interminables, hasta la pérdida de un partido de futbol de su equipo favorito.
Debemos indagar como manejamos el enojo y si lo hacemos de forma sana. Los profesionales de la salud debemos informar a los pacientes sobre los efectos negativos de los ataques de ira y considerar intervenciones psicosociales o tratamientos farmacológicos cuando la persona tiene un manejo inadecuado de la ira y además es portador de enfermedades crónicas no transmisibles.
Debemos, por ende, practicar algún ejercicio físico y actividades, como el yoga, tendientes a manejar el estrés. Estas han de ser medidas terapéuticas para evitar que “nuestro enojo” nos termine enfermando.
Al fin y al cabo, la ira es considerada un pecado capital. Muy bien describió Dante a la ira: “amor por la justicia pervertido a venganza y resentimiento”.

María Luisa Ávila