Arturo Jofré

Arturo Jofré

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Viernes 5 Octubre, 2012


Hospitales colapsados


Entrar a un hospital es algo poco agradable por definición. Pero guste o no, sea como paciente o acompañante, hay que llegar a ellos. A fin de cuentas un hospital no debe ser el problema, sino la solución; no debe ser la enfermedad, sino la vida. Un hospital por sí mismo puede convertirse en un lugar de esperanza, de confianza, por último de resignación. Pero también se puede convertir en un lugar innecesariamente desagradable.
Usted llega a la antesala de Emergencias de un hospital como el Calderón Guardia (que pena con la memoria de este ilustre ciudadano) y se topa con mucha gente esperando, otras haciendo fila en un par de ventanas por las que se divisan rostros grises y al centro un guarda carcelario.
Al ingresar a Emergencias usted se enfrenta con pasillos donde se amontonan los pacientes en camillas o sillas de ruedas. Entre ellos hay que abrirse campo para llegar a cubículos vacíos donde de tarde en tarde llegan jóvenes que pronto se dará cuenta que son médicos. Lo primero que se viene a la mente es preguntarse en silencio ¿dónde están las canas? Además son personas poco comunicativas, fantasmales, frías. Salvando a las enfermeras, lo cierto es que al resto no se le ve vocación de servicio por ningún lado.
Nunca uno podría pensar que en un hospital de la magnitud y ante circunstancias normales (Dios nos proteja ante una emergencia nacional) no hay disponibles camillas, ni sillas de ruedas, ni… largo seguir.
Un hospital es un lugar de tres dimensiones: una mezcla de personal con alto nivel de conocimiento y experiencia; una infraestructura y equipo adecuado para enfrentar la demanda; y atención y respeto por los usuarios. En las tres dimensiones la Caja tiene serios problemas.
Es imposible no hacerse por lo menos dos preguntas básicas: ¿dónde están las autoridades, empezando por el director del hospital, que no reaccionan ante este triste escenario? ¿Se paseará por esos pasillos alguna autoridad y seguirá indiferente como si no fuera con él?
Una sugerencia a las autoridades de la Caja: permitan que los usuarios puedan evaluar la atención que reciben. Pero por favor no pongan cajitas para depositar papelitos. Establezcan un pequeño call center que grave las llamadas y permita consultar al usuario o pariente o acompañante sobre los servicios recibidos. Soliciten el correo electrónico a los usuarios y envíenles un cuestionario reducido para saber su opinión. El INS ha generado experiencia y puede ayudarlos. Tendrían una excelente información y pondrían —como la acupuntura— la aguja en el lugar exacto.
Doctora Balmaceda, usted que se ha atrevido a entrarles a asuntos delicados de la Caja, impulse la evaluación de los servicios e incluya las medidas que se adoptarán con base en los resultados. No vayamos a copiar las ya tradicionales evaluaciones del sector público que solo han servido para empeorar el servicio y derramar más dinero.

Arturo Jofré
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