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El país da pasos para atrás en competitividad, como lo señala el último informe del Foro Económico Mundial, en especial por la ineficiencia gubernamental

Honestidad de la función pública

Costa Rica es un país privilegiado en muchos sentidos. En especial por la calidad del capital humano que, una y otra vez, en estudios internacionales destaca como uno de los factores competitivos más sobresalientes.
Este impulso proviene de una visión humanista, en la que se ha querido imprimir un carácter urgente a la necesidad de mejorar como sociedad mediante un fomento constante de la educación, como eje central de nuestra evolución.
Destacamos en una región que no dispone de la plataforma educativa, de la amplitud de cátedra ni de la autonomía que goza Costa Rica hoy en día.
Sin embargo, esto no significa que podamos dormirnos sobre los laureles, ni hacer la vista gorda con respecto a todas las vicisitudes que nos aquejan. Más bien, el reto consiste en utilizar este poder para reconocer lo que hemos hecho bien y a la vez tener la fuerza colectiva para enfrentar nuestras debilidades con honestidad.
Así como el país ha venido atrayendo el capital extranjero, que ve con muy buenos ojos a los trabajadores costarricenses, desgraciadamente nos hemos diferenciado en lo negativo por el exceso de burocracia estatal y las trabas que hemos autoimpuesto al desarrollo.
El país da pasos para atrás en competitividad, como bien lo señala el último informe del Foro Económico Mundial, en especial por la ineficiencia gubernamental.
Este contraste entre las dos Costa Ricas, una que se distingue por su esmerada mano de obra, y otra que se percibe rezagada, genera un ambiente inestable para un desarrollo económico, a la vez que nos limita para enfrentar el peor demonio de nuestra sociedad, la pobreza.
La honestidad en la función pública empieza por el uso justo de los recursos estatales, un adecuado tamaño de las instituciones, así como de beneficios laborales, y el compromiso con un fin ulterior: la búsqueda del bienestar común.
Los excesos que gozan hoy algunas partes de la administración pública, son derivados de la falta de convicción en esta meta.
La honestidad no es una regla escrita para convertirla en letra muerta, sino un compromiso moral que debe surgir del corazón de la función pública; más que una exigencia, debe ser una responsabilidad superior, que acompañe cada acto, en la significativa tarea de servir al pueblo.







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