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Lunes 31 Marzo, 2014

Del lado de los ingresos, se requiere profundizar la política de cero tolerancia a la evasión


Gasto público y los tigres de papel


En la edición de LA REPÚBLICA del 25 de marzo se afirma que "Las últimas dos administraciones han sido desastrosas a la hora de controlar el gasto público". Esa afirmación no es cierta. Fueron dos administraciones muy distintas en materia fiscal, como se explica a continuación.
Se puede sintetizar la diferencia en que el gasto del Gobierno Central aumentó 51% entre 2006 y 2010, en contraste con 13% entre 2010 y 2013 (llegará cerca de 20% al concluir 2014). En cuanto al ingreso, el aumento del período será probablemente igual en ambos gobiernos, alrededor del 20%.
¿Por qué esta diferencia tan marcada? En 2009 y 2010 (enero), el gobierno enfrentó la fase más severa de la crisis mundial con un aumento de los salarios para fortalecer la demanda interna y al mismo tiempo intentó “corregir” las remuneraciones de los funcionarios del Servicio Civil, que eran más bajas que los del resto del sector público. Esto explica el gran aumento del gasto total. Los ingresos, que habían crecido mucho en 2007 y 2008, cayeron en 2009 y apenas se recuperaron en 2010, ya en el gobierno de Chinchilla.
Así se logró aminorar el impacto de la crisis y se fortaleció la inversión pública. El problema fue que el aumento del gasto debió ser temporal, por tener un objetivo contracíclico, pero se hizo con un instrumento que no solo creaba derechos para los trabajadores, sino que inevitablemente produjo cadenas de aumentos en todo el resto del sector público. El Gobierno Central, la CCSS y las Universidades fueron las principales entidades encadenadas en este proceso.
En el gobierno de doña Laura reorientamos la política fiscal. Se buscó que el crecimiento del PIB viniera de la inversión pública y privada, no del gasto corriente. El gasto público disminuyó de 2010 a 2011.
La diferencia entre ingresos y gastos se abrió como una tijera entre 2006 y 2010 y tendió a cerrarse entre 2010 y 2012. Si posterior a mi salida del Ministerio de Hacienda se hubiese podido mantener el nivel del gasto, y si se hubieran aumentado los ingresos como el gobierno propuso, hoy las finanzas públicas serían sostenibles. Pero eso no fue posible; es el desafío para el próximo gobierno.
Conscientes de que el déficit fiscal es un problema de largo plazo, presentamos a la Asamblea Legislativa no solo el proyecto de Solidaridad Tributaria, sino además un conjunto de proyectos que hoy ya son ley. Destacan la que otorga a las autoridades tributarias y aduaneras los instrumentos que requieren para hacer bien su trabajo; la ley de “transparencia fiscal” y los convenios de intercambio de información y cooperación en materia tributaria internacional, que nos sacan de las listas de “paraísos fiscales”; y la autorización para emitir deuda externa para financiar al gobierno sin presionar el mercado financiero interno, mientras se hacían las reformas pendientes. La Ley de Solidaridad Tributaria, que buscaba mejorar la eficiencia y la equidad de los impuestos de renta y ventas, fue aprobada con más votos que los necesarios, con el apoyo del PAC y el PLN. Cayó por razones formales ante la Sala Cuarta, en un triste fallo que la historia valorará.
¿Qué hacer? Florecen propuestas: baje el despilfarro, cobre los impuestos, quite la corrupción, dele más autonomía a la tributación. No nos hagamos ilusiones falsas. Esto no producirá mayores efectos so pena de afectar educación, seguridad o salud, nuestros principales gastos. Lo mismo sucede con la gestión de los impuestos: las principales reformas ya están en marcha.
Lo que sí se requiere es una voluntad política férrea, que emane directamente del Presidente de la República y su Ministro de Hacienda.
Del lado de los ingresos, se requiere profundizar la política de cero tolerancia a la evasión, que dio inicio con la decisión presidencial de 2011 para llevar los evasores a los tribunales. Ojalá el próximo gobierno le ponga el cascabel al gato, y que no se desgaste en lo que Mao Zedong llamaba “tigres de papel”.

Fernando Herrero