Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

Enviar
Jueves 6 Marzo, 2014

¿No es de preguntarse si llegó el tiempo de cambios en este modelo?


De cal y de arena

El salto de 1940 a 1978

La Costa Rica de los años ’40 y ’50 es marcadamente diferente de la que emerge tres décadas después. Aquella sociedad fue el espacio en que “aterrizaron” la reforma social de Calderón Guardia y las reformas económicas de Figueres Ferrer, complementadas más tarde por decisiones de gobiernos subsiguientes que las profundizaron y expandieron.
Era la sociedad de muchos descalzos, de baja escolaridad, de altos índices de enfermedad y mortalidad, de pobre acceso al crédito y mala distribución de la riqueza, con unos pocos rubros decidiendo la suerte de la producción nacional y de las exportaciones.
Fueron tiempos —los describe Carlos Monge Alfaro en su “Historia de Costa Rica”— “de cambios profundos en que se adaptó la democracia al desarrollo social por la vía de reformas e innovaciones creativas en las estructuras económicas y sociales.
Años esos en que se da un viraje a la izquierda para garantizar una democracia más humana y dinámica”. Treinta años después ya Costa Rica exhibía logros envidiables que Víctor H. Céspedes y Ronulfo Jiménez recogieron en “Evolución de la Pobreza en Costa Rica”: la pobreza que andaba por el 50% de la población total se reducía a niveles entre 20 y 25%; para 1971 el índice de desigualdad medido por el Coeficiente de Gini bajó al 0,44; en 1971 más del 90% de los niños asistía a la escuela, se confirmaban las buenas cifras en salud pública y una distribución de la tierra relativamente equitativa en comparación con los estándares latinoamericanos.
De 1960 a 1971 el PIB se duplicó en términos reales y se priorizaron las inversiones en infraestructura y la extensión agrícola.
De Daniel Oduber en “Raíces del Partido Liberación Nacional” copiamos: “Lo que queda claro es que hasta 1978 se cumplió la ideología enunciada desde 1943”. Daniel elogia el modelo liberacionista de desarrollo económico y social que “funcionó como tenía que funcionar”.
Vino la crisis de los años ’80 que dejó un profundo daño en los registros sociales y económicos. Aunque el país pudo salir a flote, no recuperó el ritmo ni el tono precedentes.
De relevo se implantó otro modelo socio/económico que votó por la inserción internacional y proveyó robustas políticas públicas a tal fin, aunque omitiendo (y para ciertos casos desactivándolo) el amparo del Estado a los sectores de la economía tradicional y los servicios de apoyo.
Hace 30 años de aquella crisis, los mismos del nuevo modelo que ensayó corregir sus efectos.
Nada, la pobreza, desigualdad, desempleo, el desarrollo regional poco difieren de lo que había en los ’70 como lo consigna una y otra vez el Estado de la Nación: los buenos resultados económicos se concentran en ciertos sectores y regiones, hay gran dependencia de las economías externas, son frágiles las políticas públicas para los sectores de la economía tradicional y los servicios de apoyo, como pobres son los encadenamientos a las fuentes locales y la porción de capital criollo en estos ámbitos.
Sigue la cojera en el tema de competitividad y en desarrollo regional periférico. ¿No es de preguntarse si llegó el tiempo de cambios en este modelo?

Álvaro Madrigal