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Viernes 17 Mayo, 2013

Fácilmente señalamos y juzgamos los errores del gobierno, porque salen todos los días en las noticias y son de conocimiento público, pero cuando se trata de nuestros compromisos, usualmente evadimos el tema


El espejo

Está de moda hablar mal del Gobierno. Hemos llegado tan lejos que hasta parece existir un consenso nacional en torno a la inconformidad con el Poder Ejecutivo, y sin planearlo, el gobierno Chinchilla Miranda ha logrado lo que pocos han hecho en la historia: que nos pongamos de acuerdo.
A veces parece que los costarricenses necesitamos tener una figura contra la cual luchar para defender una causa y para que nos movamos de la incomodidad. Nos hizo falta un Justo Orozco para que muchos levantáramos nuestra voz a favor de los derechos de los homosexuales y un Daniel Ortega invadiendo en Isla Calero para que se despertara nuestro nacionalismo, aunque durara tan poco.
De esta misma manera parece que la figura de la Presidenta de la República se ha convertido, gracias a fuertes motivos, en el blanco de las frustraciones que tenemos como ciudadanos, del repudio a la incompetencia y a la mediocridad. Aunque tenemos derecho y el deber de levantar nuestra voz contra lo que nos parezca injusto, el descontento con el gobierno de la presidenta Chinchilla ha llegado a límites históricos.
Sin embargo, es curioso como fácilmente señalamos y juzgamos los errores del gobierno, porque salen todos los días en las noticias y son de conocimiento público, pero cuando se trata de nuestros compromisos, usualmente evadimos el tema o buscamos una excusa. Siempre, por los siglos de los siglos, ha sido más fácil criticar.
Como no tienen presencia diaria en las noticias, es más difícil enterarse de la corrupción y la mediocridad en muchas oficinas del gobierno, o sobre las dádivas y colaboraciones que dan muchas empresas privadas a cambio de favores, gente que alquila llantas para Riteve, funcionarios que aceptan comisiones por contratos, de evasores de impuestos o de los empleados de una empresa que dan el mínimo esfuerzo y hacen a medias su trabajo. No cabría el espacio en el periódico si todos los días se informara sobre nuestras propias omisiones y corruptelas.
Todos desde nuestra trinchera tenemos responsabilidad. Es claro que el Gobierno, por su posición de responsabilidad y poder, tiene una tarea de más relevancia y exposición mediática que cualquiera de nosotros, pero eso no nos exime de asumir la cuota que nos corresponde. Haga usted mismo un examen de conciencia y cada vez que vea las noticias véase en el espejo y pregúntese cómo está usted colaborando para solucionar ese problema? ¿O está contribuyendo a empeorarlo?
El principal problema del gobierno es que es reflejo de gran parte de nuestro pueblo, nosotros mismos lo escogimos, cometemos los mismos errores, tenemos los mismos prejuicios. Cuando vea al gobierno, véase usted también en el espejo y si no quiere ver los mismos problemas de siempre, si está cansado de la corrupción, incompetencia, de los aviones del narco y desigualdad, empiece por cambiar usted mismo, por dignificar el poder de su voto y por empoderarse de su capacidad de construir un país mejor.

Shirley Malespín
Comunicadora