Silvia Castro Montero

Silvia Castro Montero

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Lunes 16 Junio, 2014

El que sabe preguntar inicia con preguntas cerradas y evoluciona hacia preguntas abiertas, solicitando más detalle y argumentos


Educar para preguntar

Si no se plantean las preguntas correctas, difícilmente se obtienen respuestas correctas. Las preguntas tienen el poder catalizador para impulsar el descubrimiento y el aprendizaje, y así la innovación en todos los campos del saber.
Saber preguntar también sirve para recabar mayor información, fortalecer las relaciones interpersonales, evitar malentendidos, apaciguar situaciones conflictivas, persuadir a las personas y aumentar la rendición de cuentas, por lo que enseñar a los jóvenes a plantear buenas preguntas contribuye a desarrollar sus capacidades para resolver problemas, crear nuevos productos y servicios, y trabajar en equipo.
Siendo una habilidad cognitiva fundamental para el trabajo y la vida democrática, ¿por qué las escuelas no estimulan a que los alumnos formulen buenas preguntas?
En ambientes complejos y cambiantes, es fundamental saber plantear preguntas abiertas y exploratorias que nos permitan obtener un entendimiento más profundo de la temática.
Las preguntas cerradas típicamente reciben respuestas cortas, como un sí o un no. Sugieren, a su, vez, que las preguntas tienen una sola respuesta, lo que comunica una idea equívoca con respecto a la naturaleza de los problemas y dilemas que plantea nuestra realidad.
A pesar de los beneficios de saber plantear preguntas abiertas, las preguntas cerradas son las que predominan en las interacciones educativas y las pruebas evaluativas.
El que sabe preguntar inicia con preguntas cerradas y evoluciona hacia preguntas abiertas, solicitando más detalle, explicaciones y argumentos en cada respuesta. A su vez, sabe escuchar. Muestra interés en lo que dice su interlocutor y le da suficiente tiempo para contestar, aumentando de esa manera el nivel de confianza con el entrevistado. Suspende su juicio con respecto al tema hasta no haber recabado toda la información que requiere para entender la situación a fondo; asimismo, evita asumir conocer las respuestas al interpretar pausas de silencio, el tono o el lenguaje corporal de su interlocutor. Estas habilidades se aprenden solo si se modelan para los alumnos cotidianamente.
El que sabe preguntar también puede lograr inducir a su locutor a pensar de cierta manera, en particular cuando sabemos que la respuesta más sencilla es contestar de forma afirmativa: “¿Es útil esta técnica, cierto?” O bien, puede plantear un número limitado de opciones de las que otros puedan escoger: “¿Te parece que la segunda opción es mejor?” No hay mejor manera de obtener la buena voluntad de las personas que cuando las hacemos sentir que tienen opciones, aunque estemos permitiéndoles escoger entre nuestras alternativas preferentes. El entrevistador ético entiende la diferencia entre persuadir y manipular.
El currículum no debe girar en torno a respuestas, sino a preguntas. Ya es hora de que el sistema educativo costarricense ejercite la habilidad de nuestros hijos para que realicen preguntas profundas, destinando el tiempo a fomentar la discusión abierta y crítica de los contenidos curriculares que se presentan.

Silvia Castro