Alberto Cañas

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Sábado 23 Junio, 2012


Chisporroteos

La aclaración que ha publicado la Universidad de Costa Rica despeja toda duda sobre el caso, y me convence de que yo caí de tonto al dar por cierto lo que dijo cierta publicación, de que el rector de la Universidad estaba despidiendo a la directora del semanario Universidad, cuando lo cierto es que le ha prorrogado hasta diciembre de este año el plazo de su nombramiento, que se venció.
Por supuesto me he confirmado en la satisfacción de haber votado por él.
Sigo pensando algunas cosas de orden general: la actual ley orgánica de la UCR es una invitación a la politiquería, al acabar con los nombramientos de las altas autoridades para sustituirlos por elecciones, y la ha convertido en versión disminuida de la Costa Rica politiquera que ha terminado por reducir al mínimo la capacidad, inteligencia y experiencia de los diputados.
Era más sano y sobrio el sistema anterior; el rector era nombrado por un Consejo Universitario de Decanos, sin demagogia previa de ninguna especie. Además, para garantizar el avance orgánico de la universidad, el período del rector debía ser de diez años. Y si aspiráramos a la mejor fórmula posible debíamos adoptar el sistema norteamericano: el rector debe venir de otra universidad, y así no tendrá compromisos con nadie. Ya sé que nada de esto es posible ahora, pero tal vez lo llegue a ser en un futuro de mayor seriedad nacional.
Hace unos días falleció el escritor norteamericano Ray Bradbury, a los 91 años. He aquí un Premio Nobel que, como el de Jorge Luis Borges, debió otorgarse y no se otorgó. Bradbury no sólo era un escritor de imaginación desbordante, sino además un pensador cuyas textos contienen advertencias y hasta consejos a la humanidad. No llegué a conocerlo, pero mi viejo amigo Alfredo Cardona Peña, que sí lo conoció, afirma que era un hombre serio de ideas claras y lanzadas hacia delante, conversador inteligente y lleno de curiosidad por todas las cosas que existen en el mundo. Cardona contaba de su afán de saber cosas sobre Costa Rica, “país del que se habla mucho y se sabe poco”, afirmaba. A aquellos lectores de esta columna que no lo conocen, les recomiendo que lo busquen en librerías, donde sus libros abundan, y les recomiendo muy especialmente su novela FAHRENHEIT 451 para trabar conocimiento con él.
No me he explicado ni nadie me lo ha explicado, como es que la Sala Constitucional, creada para decidir sobre la constitucionalidad de los textos legales, se trajo al suelo la tarifa de multas de la ley de tránsito alegando que esas multas eran excesivas. (Hasta donde el diccionario y la gramática llegan, excesivo e inconstitucional no son sinónimos). Ahí no había constitucionalidad alguna envuelta; era una cuestión de opinión. Creo que a mayor multa mayor miedo de manejar con tragos, y que una multa que llevara al culpable incluso a perder su vehículo sería una medida sana para disminuir el número de borrachos al volante. La sala consideró que la multa era excesiva aunque no pudo decir que fuese inconstitucional, que es sobre lo que la ley la autoriza a pronunciarse, y simplemente dijo que no le gustaba.
Bueno, ahora resulta que todo un juez obtuvo su título de abogado presentando una tesis que era un plagio de cierto trabajo ajeno anterior. Si la tesis fue un fraude habría que dilucidar si su título de abogado le fue bien o mal discernido, y si al no haber elaborado una tesis personal de valor, ese título ha pasado a ser inválido. Alguien debe decidir esto; o la universidad que lo graduó, o el Colegio de Abogados. Pero si alguien no hace algo, el mal ejemplo va a cundir y pronto estaremos repletos de abogados a medio hacer o adictos al engaño y la falsificación.

Alberto F. Cañas