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23 de agosto: Día Internacional para el Recuerdo de la Trata de Esclavos y su Abolición

Catalina Crespo redaccion@larepublica.net | Viernes 13 agosto, 2021

Catalina

Catalina Crespo Sancho

Defensora de los Habitantes de la República

Cuando hablamos de fechas conmemorativas que son importantes para el devenir de los derechos humanos, sucede con frecuencia que éstas corresponden a episodios de desafíos de personas que se negaron a continuar en situaciones de desigualdad o que decidieron impulsar cambios radicales a su situación de injusticia en un contexto específico. En suma, se trata generalmente de reivindicaciones humanas para alcanzar libertad, justicia, igualdad y solidaridad. Lamentablemente no siempre tienen éxito, pero dichosamente sí logran el impacto necesario para despertar voluntades, reunir voces y abrir brechas de justicia.

Un ejemplo de ello, es la conmemoración del día 23 de agosto, en la cual, se recuerda el aniversario de la insurrección -de 1791- de los hombres y mujeres sometidos a la esclavitud en Saint-Domingue, la parte occidental de la isla de La Española, la cual hoy conocemos por su nombre original: Haití, y que recuperó al proclamarse independiente. Esta insurrección, este acto de decir “no más” a la injusticia, es hoy un símbolo de conmemoración universal de la libertad… una que trasciende el tiempo y el espacio, porque es tan perenne como humana. Por eso sigue vigente, sigue teniendo fuerza y también, sigue siendo una búsqueda constante de toda la humanidad, sin distinciones. Pero la vigencia no siempre significa el respeto y el cumplimiento pleno de una reivindicación como esta. Es decir, que exista en realidad exige una vigilancia constante para que efectivamente se cumpla.

Originado en esos acontecimientos, nació el Día Internacional del Recuerdo de la Trata de Esclavos y de su Abolición, con el fin -según lo ha dicho la UNESCO- de “recordar la importancia fundamental de la transmisión de la historia para poner de relieve la lucha contra todas las formas de opresión y racismo que existen en la actualidad”.

Sin duda, la insurrección de 1791, se ha constituido en un símbolo poderoso para las luchas por la libertad y las reivindicaciones de derechos humanos de los pueblos alrededor del mundo. Han pasado más de 200 años de aquel acontecimiento y sigue siendo un referente; porque es una conmemoración que tiene relevancia, vigencia y que está lejos de terminar. Ello porque, aunque haya pasado el tiempo y creamos que la esclavitud es materia superada, sabemos que todavía existe y nos corresponde seguir luchando contra ella en todas sus formas y versiones modernas.

Claramente, las luchas por los derechos humanos no acaban. Los derechos humanos están siempre en movimiento, en evolución, no son monolíticos porque tienen vida y somos las personas sus titulares. Entonces, cuando llegamos a la meta en el reconocimiento y el cumplimiento de un derecho, vienen otras pruebas, más competencias, otros derechos por alcanzar y muchos retos por asumir, para no perder el espacio ganado ni la reivindicación humana lograda.

En este caso, la insurrección de 1791, sigue marcando un hito en la historia y pone sobre el tapete retos actuales en la lucha contra la esclavitud moderna y la trata de seres humanos. Sabemos que las personas siguen sufriendo vejaciones a sus libertades físicas en casi todas las latitudes y que, por ejemplo, a quienes son víctimas de trata, se les engaña con ofertas de trabajo inexistentes, se les decomisan sus documentos, se les maltrata y se les explota de diferentes formas, que van desde jornadas de trabajo extenuantes, inhumanas y sin paga, hasta el comercio y la explotación sexual.

De tal forma, para el año 2021 y según datos la Organización de las Naciones Unidas, las mujeres y las niñas son los principales objetivos de este tipo de esclavitud contemporánea. Así, de cada 10 víctimas detectadas a nivel mundial en el año 2018, aproximadamente cinco eran mujeres adultas y dos eran niñas. También, se indica que alrededor del 20% de las víctimas eran hombres adultos y el 15 por ciento, niños pequeños. Además, en los últimos 15 años ha aumentado el número de víctimas, aunque su perfil ha cambiado. La proporción de mujeres adultas se redujo de más del 70% a menos del 50% en 2018, y la proporción de niños ha aumentado, de alrededor del 10% a más del 30%. En cuanto a los hombres adultos, su proporción casi se ha duplicado, pasando de alrededor del 10% al 20% en el año 2018.

Esta problemática se experimenta en todo el mundo y, como afirmamos antes, es una forma contemporánea de esclavitud, cuyas víctimas son utilizadas para comercio sexual y trabajos forzados como servicio doméstico, agricultura, pesca, minería, producción fabril, construcción, entre otros. Esta es la realidad de millones de seres humanos y contra semejante barbarie humana, es que los Estados del mundo deben comprometer sus mayores esfuerzos para perseguirla y erradicarla.

La historia siempre es valiosa porque nos enseña de dónde venimos, los orígenes de nuestra identidad y las lecciones poco felices del pasado que se deben conservar para no repetirlas. Pero la historia no puede ser pasiva, tiene que significar algo de cara a los retos del presente, tiene que albergar esperanzas para no repetir el pasado, vivir un mejor presente y forjar un futuro distinto. En esa lógica, recordar el comercio de esclavos y la abolición de la esclavitud, debe ser un instrumento del presente para combatir ese flagelo y luchar por vidas humanas sin explotación, con paz y dignidad.








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