Arnoldo Mora

Arnoldo Mora

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Viernes 25 Noviembre, 2016

Lo que viene sucediendo en España con “Podemos” se repite en Estados Unidos. La raíz es la misma: la traición a los principios socialdemócratas, iniciada por el hoy desacreditado Tony Blair

¿Y ahora qué?

Acaban de pasar las elecciones yanquis más atípicas de que yo tenga memoria; desde hace meses prácticamente todas las encuestas y la opinión de los “analistas” políticos no visualizaban siquiera la posibilidad de que Hillary perdiera, aunque todos afirmaran que los republicanos mantendrían la mayoría en la Cámara de Representantes.
Solo Michael Moore sostenía que Trump ganaría. Hoy sostiene que no durará mucho en la Casa Blanca (¿!)… Lo cierto es que Trump ganó y que el 20 de enero tomará posesión de los aposentos de la casa de gobierno más importante del mundo actual, pues allí se juega, en no poca medida, el destino no solo de los Estados Unidos, sino de la humanidad entera; por lo que sería irresponsable no estar atentos a lo que allí acontece.
En consecuencia, es nuestro deber hacer una breve reflexión en torno a lo que ha pasado en nuestro poderoso vecino del Norte y tratar de avizorar algo de lo que presumiblemente podría afectarnos como ciudadanos de la Patria Grande Latinoamericana.
Una afirmación no es más que una respuesta, cuya validez solo se puede comprobar si tenemos clara conciencia del alcance y justeza de la pregunta que la originó. Por eso debemos comenzar por preguntarnos por qué ganó Trump.
Trump enfrentó al establishment, no solo de los poderes establecidos que lo adversaban, sino de su propio partido. Sin embargo, no ha habido hombre público de tiempos recientes más exitoso que él; ganó todo lo que quiso, tanto en los negocios como en la política; ganó las elecciones internas de su partido por aclamación pues todos sus contrincantes se retiraron; enfrentó acremente a las figuras máximas de su partido, incluidos los líderes del Capitolio.
Los grandes medios (excepto Fox) lo atacaron y tomaron posición activamente en contra suya. Nunca titubeó en emplear un lenguaje agresivo, procaz, vulgar. El primer gran derrotado en esta campaña fue el lenguaje y, con él, la política. Con ello, logró convencer a la mayoría de sus conciudadanos de que él era la única garantía, precisamente por ser un “outsider”, para desbancar a la desprestigiada clase política.
Allí radica la razón principal de su triunfo. En política exterior, se negó a satanizar a Putin a quien consideró un interlocutor que había que tomar en serio. En lo personal, se presentó al pueblo norteamericano como un “self made man”; un hombre que se permite todos los lujos porque se los ha ganado por sus éxitos en los negocios.
Les recordó a sus compatriotas que su trayectoria era la mejor prueba de que el sueño americano estaba al alcance de sus manos, pero los usufructuarios de su esfuerzo eran los emigrantes. Azuzó descaradamente los prejuicios y temores de los blancos anglosajones contra negros y latinos. En política exterior, se inspiró en la tradición republicana que propende al aislacionismo. Los Estados Unidos deben recuperar su bienestar antes de pensar en cambiar el mundo. Hay que repatriar las empresas so pena de ser castigadas con onerosas cargas impositivas. Hay que pensar primero en la clase trabajadora y en los agricultores del país.
Ese es en breve el retrato del hoy triunfador de las recientes elecciones yanquis. Pero si hubo un triunfador es porque hubo también un gran derrotado. Este fue, no solo Hillary, la candidata, sino todo el Partido Demócrata; ambos no disimulan su desmoralización. Desecharon de mala manera su mejor carta de triunfo, como era Sanders.
Hillary fue la peor candidata que el Partido podía escoger, pues el 87% de la población la consideraba insincera, por no decir mendaz; por lo que no pocos de los que la apoyaban lo hacían considerando que era tan solo un mal menor. Esto no obstante, tiene el mérito de haber ganado ampliamente la mayoría del voto popular o directo.
En consecuencia, el resultado más importante y de mayor trascendencia en el contexto político actual, es que se mostró a las claras que ese país está más dividido que nunca. Como lo dije en otra ocasión, ya los “States” dejaron de ser “United”. La inmediata reacción de multitudes en muchas ciudades del país de rechazo a Trump y su partido lo demuestra.
Lo que viene sucediendo en España con “Podemos” se repite en Estados Unidos. La raíz es la misma: la traición a los principios socialdemócratas, iniciada por el hoy desacreditado Tony Blair, por parte de los partidos mal llamados “socialistas (¿?). Dichosamente hoy los laboristas viran a la izquierda. Lo mismo pasa con un importante sector del PSOE liderado por Sánchez. Otro tanto hacen los socialistas de Berlín. Esperemos ahora que el Partido Demócrata yanqui reconozca el liderazgo de Sanders.
¿Qué nos espera en un gobierno de Trump a los pueblos al Sur del río Bravo, considerados por los políticos yanquis desde los lejanos y malditos días de la Doctrina Monroe como “su patio trasero”, que para ellos tiene más de “trasero” que de “patio”? Tengo la impresión de que la política exterior del nuevo gobierno se enmarcará dentro de los lineamientos del principal ideólogo republicano en ese campo, Henry Kissinger, quien no por casualidad fue uno de los primeros en ser recibido por el presidente electo.
Desde hace años Kissinger viene insistiendo en que no hay que satanizar a Putin sino negociar con él tratándolo como un interlocutor de primera magnitud. Kissinger siempre ha sido un firme practicante de la “real Politik”, como lo demostró siendo Secretario de Estado al reconocer a China y logrando que Nixon visitara a Mao.
Kissinger reconoció la humillante derrota infligida por Ho Chi Ming a su país. Pero el precio de esa apertura hacia las emergentes potencias del Este lo cobró con precio de sangre y terror en Nuestra América. Kissinger ha pasado a la historia como el principal ideólogo y promotor de las peores dictaduras de América Latina.
Todo lo cual nos hace temer que Trump podría endurecer su política hacia los gobiernos progresistas de América Latina, particularmente Cuba y Venezuela. Pero no hay que olvidar que los tiempos han cambiado y que los signos de decadencia del Imperio son evidentes. Prueba de ello es que ya se habla de que el líder de Occidente no será necesariamente Trump, sino que podría ser Merkel quien aspira por cuarta vez a la conducción del gobierno alemán... y de Europa.
Dentro de este panorama, es insoslayable preguntarse cómo lograr que nuestros pueblos avancen en la concreción de sus legítimos y ancestrales anhelos de justicia y dignidad. La respuesta ya la dio el Libertador: unirse en base a principios e ideales patrióticos y humanistas. Hoy más que nunca los pueblos que conforman la Patria Grande deben confiar en su propia capacidad y en sus auténticos dirigentes.