Iris Zamora

Iris Zamora

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Lunes 10 Abril, 2017

¿Crees esto?

¿Por qué a mujeres? —reclamaba Cleofás molesto; dime, por qué a mujeres, la verdad estoy desilusionado, han pasado tres días ya, hermano, son tres días, lo decía apesadumbrado, mientras bajaba su cabeza buscando respuesta. Su compañero de viaje le interrumpió, mientras sacudía de sus sandalias el polvo del camino.
Escucha, a mí lo que aún me sobrecoge, lo que me impide tener paz, lo que mi ojo aún continúa viendo es todo este sufrimiento, esa muerte tan cruel. Azotado, amarrado al madero en el que lo crucificaron, verlo caer camino al Gólgota, varias veces, su rostro era un amasijo de piel y sangre. Se llevó la mano a la túnica que colgaba de su hombro izquierdo. Mi corazón no resiste —continúo— el recuerdo, verle ahí, expirar colgando de ese madero, su túnica rifada entre los soldados de Roma, su cabeza colgando sobre su pecho lacerado, sangrando producto de la corona de espinas que cruelmente pusieron los soldados. Hizo una pausa antes de continuar. Coronándolo Rey de los Judíos, a pesar de la protesta de los Príncipes y Maestros de la Ley… Su voz bajó, de nuevo pausa. Me sobrecoge —continuó— ver cómo María y Juan, lo bajaban de la cruz, para cubrir su cuerpo irreconocible. Dime, Cleofás —preguntaba angustiado—, y nosotros, vos y yo, los que le vimos curar paralíticos, ciegos, los que le vimos curar niñas a larga distancia, perdonar pecados, resucitar a Lázaro, sacar demonios, nosotros, nos quedamos escondidos, llenos de miedo, mirando la crueldad contra ese inocente. Cleofás miró a su compañero… el dolor se agudizo en el alma, él sentía igual, estaba destrozado no comprendía nada, estaba aún perplejo, la duda asomaba a su mente, pero la muerte de Jesús tenía una promesa, y era que resucitaría… el Maestro lo había prometido, pero ya habían pasado tres días…
Apuró a su compañero, mientras una suave brisa, refrescaba el camino. Iban para Emaús a 60 estadios de Jerusalén, alrededor de siete millas y media, en el Valle de Terebynto entre Joppa y Jerusalén. Sus rostros evidenciaban el dolor, la tristeza, el temor. Los seguidores de Jesús estaban siendo perseguidos por el Sanedrín… Conversaban sobre estos acontecimientos cuando se dieron cuenta que un hombre caminaba junto a ellos. Él les preguntó que de qué conversaban tanto, por qué sus rostros tristes, Cleofás algo agitado lo increpó, “¿Acaso eres el único forastero, que no sabe lo que ha ocurrido estos días en Jerusalén?”. Su compañero intervino diciendo, es lo de Jesús, el Nazareno —explicó— “fue un gran profeta, en obras, palabras, ante Dios y todo el pueblo, los sumos sacerdotes lo entregaron, para que lo condenaran a muerte, ha muerto crucificado, hace ya tres días”. Cleofás algo triste susurró, “nosotros “esperábamos que él fuera a liberar a Israel, pero ya han pasado tres días”, y no tenemos señales de él.
De nuevo su compañero de viaje argumentó, algunas mujeres nos han asustado, dicen que le han visto, temprano, el primer día de la semana han ido hasta el sepulcro, la roca que cubría la entrada, ha sido movida del sitio, en donde su cuerpo fue depositado, no hay nada, excepto la mortaja con que le han cubierto. Continuó diciendo como aferrándose a esa verdad —dicen que han visto una luz incandescente, una luz maravillosa. A la cabeza y a los pies del sepulcro dos ángeles se les han mostrado, les han dicho que está vivo —por primera vez su rostro abandono la tristeza–. De nuevo Cleofás insistió en apurar el paso, aún quedaba camino que recorrer y el día estaba desapareciendo.
El hombre a su lado les dijo: “Qué necios y torpes que son para creer lo que dijeron los profetas. ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así a su gloria?... Y comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras”. Llegaron cerca de la aldea a donde iban, el hombre que los acompañó parte del camino parecía que iba a continuar su viaje, pero ellos se lo impidieron diciendo “quédate con nosotros, porque se hace tarde y el día va de caída”. Y, entró para quedarse con ellos. “Sentado a la mesa, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo fue dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron”, pero Él desapareció. Cleofás y su compañero se miraron, dijeron “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?”... Inmediatamente regresaron a Jerusalén para contarles, a los once que permanecían escondidos que “era verdad, ha resucitado el Señor”.
Suelo detenerme en el momento más doloroso, en su pasión. Quizá para minimizar mi responsabilidad. En su terrible flagelación, en el juicio injusto frente a Pilatos, en los gritos de la muchedumbre que olvidó su obra, que enardecida, sin conciencia gritaba ¡crucifíquenlo!… la misma que prefirió liberar a un delincuente, que al Hombre inocente, la que solo unos días antes le vitoreaba mientras entraba a Jerusalén montado en un pollino, el que había dado de comer a 5 mil hombres sin contar mujeres y niños, con solo dos pedazos de pan y tres pescados… el que les aseguró que si buscaban el Reino de Dios y su Justicia, todas las otras cosas de las que teníamos necesidad nos serían otorgadas por añadidura, que si tuviese fe, del tamaño de una semilla de mostaza, sería capaz de decirle a una montaña quítese de ahí. El mismo Jesús, que me enseñó a orar, el mismo que me llamó a la perfección, el que perdonó mis pecados, Jesús el que me pidió perdonar a los enemigos, el que habló del nuevo mandamiento del Amor, el que me pidió amar a los enemigos porque no hay mérito en amar a los que me aman… el mismo que me pidió ser luz del mundo, y sal de la tierra. El que me recordó no juzgar, para no ser juzgada, que me llamó hipócrita porque solo veo la paja en el ojo ajeno, y no la viga en el mío… Siempre me detengo en el Gólgota, porque al igual que Cleofás, dudo, creo que la muerte fue el final.
La buena nueva es que resucitó. Que al igual que con los discípulos de Emaús, camina a nuestro lado. Se cumplió la Escritura, su muerte fue nuestra liberación. Pero es opcional, no hay imposición alguna… es mi decisión abandonar el sepulcro y saberme liberada, o continuar colgando del Madero…
Jesús venció la muerte. “Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en Mí aunque muera, vivirá y todo el que vive y cree en Mí, no morirá jamás. ¿Crees esto? Jn 11:25,26.
¡Felices Pascuas de resurrección!