Leopoldo Barrionuevo

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Sábado 21 Noviembre, 2009


ELOGIOS
Yo y el otro

Desde lo más remoto de mis recuerdos, mis convicciones nunca fueron tan firmes como mis dudas y con base en ello se fue generando en mí la ansiedad por el conocimiento, la búsqueda incesante de evidencias y el fortalecimiento de mi personalidad sin abandonarme a la realidad o a los libros; estoy convencido de que la escuela, la familia y el barrio fueron motores fundamentales en mi desarrollo al igual que el mundo que nos rodeaba en tiempos de la Segunda Guerra que estaba presente invariablemente para sacudirnos.
Nos contaron que éramos superiores, que alimentábamos a un mundo hambriento y éramos la cumbre de la agricultura y de la ganadería y nuestro nivel de cultura era digno de que estudiáramos para superarnos: Francia sería después el objetivo y soñábamos con un París de la rive gauche, el Café de Flore, el Barrio Latino y el existencialismo de Sartre, la Beauvoir y Albert Camus. Fueron estímulos engañosos y nos costó superarlos, pero no vivíamos rodeados de libros solamente, el fútbol, la milonga y las pibas remotas e inalcanzables eran parte de nuestra realidad, de los sueños y fantasías.


Si desde muy pequeño comprendí la importancia de los otros en mi evolución, también me fue muy claro que tener amigos y amigas mayores otorgaba un mayor grado de seguridad en uno mismo pero tal vez nada haya sido tan importante en mi vida como el ejercicio de la docencia, desde el magisterio en barrios marginales hasta la enseñanza en universidades y empresas de América sin sentir nunca que había llegado a ninguna parte y el pretendido orgullo que se atribuye a los argentinos no me alcanzó jamás como un respiro, por el contrario me cuestiono y conjugo mis miedos como todos.
Pero poco después de los 30 años dejé mi rincón para hacerme latinoamericano, cuando era muy escasa la gente que emigraba y entonces crecí, trabajé y viví en todo el continente y adopté la nacionalidad tica hace 35 años sin renunciar a la nativa (¿sabía usted que es un derecho humano que no otorga el Estado y es por tanto irrenunciable?).
Fuera de mi país nativo aprendí a reconocer, aceptar y respetar al otro, al que forma parte de mi circunstancial entorno, al que me ayuda a convivir y me brinda trabajo a la vez que me facilita el comprender que mi “aquí” es donde estoy y no solo donde estuve, más allá de un mundo de recuerdos y nostalgias que solo son rememoraciones sin futuro.
Me guste o no, mi mundo interior se mueve dentro del mundo exterior donde mi aquí navega. Todos esos mundos de fuera seguirán estando cuando ya no tenga un aquí y no serán mejores ni peores sino tan solo diferentes: mi yo no es suficiente, debo compartirlo con el yo de los otros y convivir ocupando un pequeño espacio con la convicción de que el resultado por lo realizado es satisfactorio y no es mejor ni peor que el de nadie. De tal modo habré dado mi menos, es decir lo que fui capaz de dar sin compararme con los que pueden dar su más: el balance será mío y sin justificaciones.

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