Enviar
Martes 5 Noviembre, 2013

Todos saben de la importancia del cambio pero preferimos continuar con el juego de la papa caliente


¡Yo no fui, fue Teté!

El ser humano se acostumbra fácilmente a lo mismo y una vez que se forma el hábito parece casi imposible cambiarlo, por dañino que sea. Muchas de las cosas que practicamos o de las conductas que tenemos han viajado hasta nosotros a través de las generaciones. ¿Por qué seguir haciendo algo que nos hace más mal que bien?
Cientos de autores han escrito sobre la importancia de innovar en las diferentes relaciones sociales del hombre y, por supuesto la que se da entre el aprendiente y el facilitador.
Es del saber de todos que lo rutinario cansa y que puede llegar a destruir relaciones, instituciones y sociedades enteras. Parece sin embargo, que es más fuerte la tradición que la necesidad.
Todos saben de la importancia del cambio pero preferimos continuar con el juego de la papa caliente. Nadie quiere asumir la responsabilidad de cambiar y es mejor esperar a que la persona que se encuentra a nuestro lado lo haga. El problema es que si seguimos pensamos de la misma forma nadie tomará la iniciativa y todo seguirá igual. Si tan solo cada uno de nosotros aceptara el grado de responsabilidad que tenemos en nuestro quehacer y tomáramos la decisión de hacer algo, cuán diferente sería nuestro mundo. 
Tomemos como ejemplo los programas diseñados para las carreras de tecnologías de la información. Es muy posible que ninguno incluya la enseñanza del sistema operativo Android. ¿Por qué? Porque hasta hace algunos meses nadie sabía que este inundaría los dispositivos portátiles que casi todo el mundo posee. ¿Qué van a hacer los educadores en esta área para solucionar este problema? Algunos dirán que si no es parte del currículo no lo van a enseñar. Otros tomarán el reto de primeramente capacitarse ellos mismos para luego poder enseñarlo.
En el área de los idiomas pasa lo mismo. Yo fui educado con métodos tradicionales que después de mucha investigación se sabe que no producen los resultados esperados. La mayoría de los educadores en nuestro país han pasado por la misma experiencia y cuando se habla de la necesidad de cambiar, se aferran a lo tradicional y parece tarea casi imposible lograr el cambio. ¡Qué paradoja, hacer una y otra vez lo mismo sabiendo que no va a producir un buen producto!
Una de las más urgentes necesidades en el mundo actual es el cambio. El que no avanza con el cambio se hunde en la tradición. ¿Cómo lograr que las personas acepten gozosamente las innovaciones? Sería fenomenal que todos nos adaptemos a lo nuevo y lo disfrutemos. Por el contrario, qué peligro corren las instituciones y las personas que se conforman con lo mismo de siempre. La educación está en peligro de morir al igual que toda relación que entra en el juego de la monotonía.
Sabiamente lo expresó Elena de White hace un siglo y medio atrás cuando escribió: “La mayor necesidad del mundo es la de hombres que no se vendan ni se compren; hombres que sean sinceros y honrados en los más íntimo de sus almas; hombres que no teman dar al pecado el nombre que le corresponde; hombres cuya conciencia sea tan leal al deber como la brújula al poco; hombres que se mantengan de parte de la justicia aunque se desplomen los cielos”. (La educación, p. 57).      

Henry Méndez Pérez

Profesor
Universidad Técnica Nacional