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Miércoles, 14 de noviembre de 2018



FORO DE LECTORES


Yo jugué ruleta rusa

| Sábado 20 marzo, 2010


Yo jugué ruleta rusa

Aposté mi vida, pero ya no lo hago y por eso cuento la historia. Como nunca he tenido armas de fuego, usé un carro y manejé borracho, da lo mismo. Al echar una bala en un revólver de seis tiros, girar el tambor y tirar del gatillo, se lleva un 16,666% de probabilidades de muerte. No existe el jugador crónico de ruleta rusa, tarde o temprano muere. Por años manejé con tragos pero no a diario, tal vez una noche a la semana; en la ruleta de 7 días, le eché guaro a uno y encendí el motor. Cada siete días una lotería fatal que gracias a Dios nunca me pegué. Las estadísticas iban en mi contra y en mi locura me creía un hombre sensato.
Como nunca me han hecho una alcoholemia, no sé la proporción exacta en que aumentó mi incapacidad para manejar, según mi peso y metabolismo cada vez que pedí una ronda más. Tal vez cuando decidía irme a casa estaba en 0,5 gramos pero un par de zarpes sin boca hicieron su peor efecto al rato, cuando estaba al volante, y alcancé 1,9 gramos o lo que sea. Si me daba sueño y me ponía lento, lo atribuía al cansancio, jamás al guaro. A veces me parqueaba en una bomba a dormir un poco. Estacionando rayé focos y raspé aros; solo por un milagro no pasó esto a 50 kilómetros por hora, y no se cruzaron seres humanos en mi ruta. Yo podría ser ese que hoy está en cárcel por matar a un ciclista o aquel que chocó el carro del trabajo frente a una escuela y se orinó en los pantalones.
Todo cambió un 1º de enero. Un amigo, compañero de trabajo, iba de vuelta a casa tras celebrar con unos traguitos. Se quedó dormido o le fallaron los reflejos, atropelló un puente y murió de inmediato. No hubo peatones u otros carros afectados, solo hubo un muerto en esa nota de sucesos; pero fue suficiente, porque no sucedió en vano. Fue un sacrificio para que yo aprendiera la lección, salvara mi vida y la de otros. Algunos que lo habían visto esa noche se sorprendían: “No entendemos, si se fue como siempre, como lo hacemos todos”. ¡Sorprende que no pasara antes!
Cuando estuve dispuesto a manejar con tragos negaba que el licor afectara el sistema nervioso. No importaba la evidencia científica, yo me creía mejor conductor, más guapo, más valiente y mejor bailarín.
Por eso sé que el problema de alcohol al volante no es cuantitativo. Perdía la cuenta de las rondas, o una misma dosis creaba efectos diferentes, o un mismo efecto se hacía más peligroso según velocidad y visibilidad, y así hay muchas variables más allá del número de cervezas. El problema es cualitativo: estuve dispuesto a jugármela, con una o tres balas en el tambor, qué importa, perdí respeto por la vida mía o ajena.
Los diputados discuten si el límite sano de alcohol en la sangre es 0,5 o 0,75 u otro número mágico. Podrían zanjar la diferencia a medias, un 0,666% de alcohol al volante, acorde con lo tenebroso de la absurda discusión.
Manejar con tragos fue de las peores cosas que hice en mi vida, a la vez suicida y asesino. Hoy tengo una hija; no imagino el dolor de un padre al perder un hijo atropellado, no quiero volver a ese juego. Apoyo la tolerancia cero de alcohol al volante: ni 0,5 ni 0,001. El que quiera beber hasta caer de espaldas, que lo haga, es su derecho; pero que no maneje ni cuente conmigo porque ya aprendí el valor de una vida humana.

César Monge C.
Ingeniero
www.cesarmonge.com