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Viernes, 3 de abril de 2020



FORO DE LECTORES


¡Yo sólo quiero ir a estudiar!

Wilberth Quesada [email protected] | Jueves 12 marzo, 2020

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Tal ha sido el lamento de mi hija mayor a propósito de la realidad de ser mujer en la Costa Rica del nuevo milenio que, al igual que sus pares de épocas que se suponían pasadas, ve con frustración e impotencia cómo muchísimas mujeres costarricenses viven a diario todo un calvario prácticamente desde que se levantan hasta que se acuestan, permanecen en sus viviendas, pasando por los momentos que deben emplear para ir a trabajos, estudios o diversiones para, finalmente, llegar a sus casas y, aún ahí, en sus hogares, en las escasas horas que median entre esa llegada y la hora del descanso, no ser objeto de algún trato denigrante. En cada ambiente de los referidos, gran cantidad de mujeres deben enfrentar incomprensiones, violencia de todo tipo, desprecios, lascivia…sólo por no ser hombres e independientemente de si son niñas, jóvenes o mujeres adultas.

No debería parecer siquiera imaginable que en una era tecnológica, y en un país que proclama ser adalid de los Derechos Humanos, así como, en particular, en una Costa Rica que exhibe normativa y políticas públicas de distinto tipo en favor de las féminas en aplicación adecuada de discriminación inversa, las mujeres sean víctimas permanentes de todo tipo de abusos; pero esa es la realidad y, muy al contrario, los avances de todo tipo han hecho que se acentúen las actitudes, y omisiones, denigrantes, al punto que la Web, al igual que la calle, los centros de trabajo o de estudio, sean “testigos” de inimaginables vejaciones y linchamientos contra las mujeres, que hacen nulos aquellos derechos.

Las lágrimas, el llanto, los golpes o moretones, son sólo la manifestación física de la enorme humillación que las mujeres sufren gratuita e injustificadamente en todo momento…y hasta de otras mujeres; sus gritos de terror son ahogados a veces porque ni siquiera pueden salir de sus gargantas, ya que su verdugo está cerca o, peor aún, es parte de sus vidas y, más grave, no saben cómo dejarlo porque “es quien provee”; es quien paga la casa, la comida…todo….

Esto no puede seguir así. No es posible que una mujer siquiera pueda caminar como quiera, adonde quiera o con quien quiera; hablar o callar lo que le plazca; disfrutar de una tarde o de una noche de verano sentada en un pollito del parque; soñar sin que sus sueños se vean rotos por la burla o el acoso de profesores o compañeros de estudio; forjar una empresa o ser promovida en su trabajo sin antes “hacer concesiones.” No es posible que las mujeres deban ver en sus cuerpos un “activo” para “avanzar en la vida” (muchas veces promovido por su padres y madres, “porque así debe ser”), y en sus mentes (en su inteligencia; en su fuerza creativa), un obstáculo que las hace “menos atractivas (“te va a dejar el tren.”)

El sistema entero DEBE cambiar. Todas las instituciones, públicas y privadas, de todo tipo y naturaleza, deben auspiciar el cambio de paradigma, que haga que no solo entendamos que no es que hay que “ayudar” a la mujer a superar todo obstáculo, sino que ello es un deber connatural al ser humano; que no se trata de organizar un día al año con manifestaciones y expresiones de todo tipo e intensidad, sino de hacer que, por siempre y para siempre, la mujer sea igual al hombre y el hombre igual a la mujer, en todo aquello a lo que ella desee aspirar.

Cierto es que existen hombres de todas las edades que sufren oprobios de ese género. Cierto es que las marchas del denominado 8M arremeten contra todo. Mas también es cierto, de Perogrullo, que la construcción social y cultural de la mujer ha inclinado en su contra una realidad que debe ser cambiada con hechos permanentes.

He escrito estas líneas porque el pasado 8 de marzo se conmemoró el Día Internacional de la Mujer, bajo el lema, de acuerdo con la ONU, “Soy de la Generación Igualdad: Por los derechos de las mujeres” . No obstante ello, la misma entidad reconoce que esa celebración se produjo en medio de la vigencia de restricciones legales que impiden a 2 700 millones de mujeres acceder a las mismas opciones laborales que los hombres, sin dejar de lado que una de cada tres mujeres sigue sufriendo violencia de género…y en Costa Rica, mi hija mayor, como la suya, simplemente quiere estudiar en paz…como lo hacemos los hombres.

Wilberth Quesada Garita









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