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“Yo no asistí a mi entierro”

Juan Luis Hernández detalla sobre la salvación del Cartaginés

Luis Rojas
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“Me querían enterrar; me tenían un traje hechito a la medida y el velorio listo, se frotaban las manos, calentaban el café para la vela, pero al final solo faltó el muerto; me negué a asistir a mi entierro porque no hubo tal…”.
Vivito y coleando, Juan Luis Hernández sonríe mientras escribe su informe final a la directiva. El peso de 630 minutos de angustia, en los que hasta el último segundo su equipo estuvo al filo de la navaja, es ahora etapa superada. Se acabaron el estrés, la tensión; el hacha del verdugo cayó en Guápiles
Hernández, un técnico polémico, de carácter fuerte y de frases que en ocasiones son dardos y cuidado si no lanzas, fue quien solito se p
uso en el ojo de la tormenta. Locura, convicción, tendencia de mártir o complejo de héroe, vaya usted a saber, pero lo cierto es que Juan Luis no defraudó a una afición que se volcó, y es más, que se aferró a él, como la única y última salvación posible para un Cartaginés por el que nadie daba una peseta.
Su arranque con dos derrotas ante Alajuelense y Carmelita, dice él, estaban presupuestadas. “Joder, con un nivel técnico y táctico paupérrimo y una falta de identidad y compromiso de algunos, evidentemente no podíamos empezar arrasando. Yo solo les dije, si llegamos a 32 puntos estamos salvados”.
El Cartaginés que le legaron a Hernández, los técnicos Ronald Mora, Geovanni Alfaro y Luis Manuel Blanco era para sentarse a llorar, en 24 partidos del torneo de verano e invierno, de 72 puntos posibles apenas habían logrado 19, el equivalente a cuatro triunfos y siete empates.
“Nos metimos al camerino; nos hablamos fuerte, yo no soy dejado ni ellos tampoco, no me gustan los tontos útiles; fuerte, claro y de frente; el camerino solo se abrió para que se fueran los que no eran, el que entendió siguió y asumió el compromiso de salvar al equipo”.
Sí, el camerino se abrió y la planilla del Cartaginés se redujo de 32 a 24 jugadores, luego entró el joven Leonardo Madrigal y ese fue todo el arsenal, los mismos que habían mordido el polvo infinidad de veces en esta temporada, con un nuevo líd
er y una tarea harto difícil.
Vino entonces un minipretemporada, la recuperación física y las batallas domingo a domingo, en todas Cartaginés se jugaba su vida, pero luego de las dos derrotas obtuvo cuatro victorias y dos empates y el equipo, inspirado en el aliento de sus aficionados que celebraban cada punto como si fuese una final de campeonato, culminó con una celebrada derrota. Sí, los cartagos salieron celebrando del Morera Soto, no por el resultado de ese día, sino por el obtenido siete días antes en Guápiles, empate de oro que les permitió sobrevivir, aunque sufrieran hasta el último segundo del partido Santos-Liberia.
Ahora, en el recuento de los daños, Juan Luis alega que sacó un punto más de lo propuesto (33) y que Cartago contra viento y marea llegó a puerto. Sí, porque la tormenta fue terrible e incluso incluyó factores que no eran deportivos, como el insólito hecho de que Cartaginés tenía que realizar una asamblea en un juzgado. Dicen por ahí, que Hernández influyó mucho para lograr el consenso que hacía falta en aquel momento y posponer la batalla legal para concentrarse en la deportiva.
El informe de Juan Luis se resume en una premisa. La de que Cartaginés requiere un escenario idóneo para transitar de nuevo por el camino de los llamados grandes y salirse del saco del montón.
“Ahora necesitamos un escenario que le dé a nuestra afición el equipo que se merece; los cartagos nos merecemos un equipo protagonista, no uno perdedor; llegó el momento para que nuestros seguidores dejen de soñar y puedan celebrar”.




Salvación en frases

“Lo nuestro fue lo del alcohólico, que solo reconociendo primero su mal, puede entrar en una terapia de rehabilitación”.

“No es que nuestros jugadores empezaron a jugar mucho más, fue que se esforzaron más, y ese poquito, que nació de la autoconvicción y la autocrítica, fue el que nos salvó, aunque siempre, al filo de la navaja”.

“Es cierto, en Cartago me pasean como en procesión y luego me tiran al pozo. Eso pasó cinco veces; unos se comían la carnita, y a mí me tocaba el hueso y arreglar el desaguisado. Eso no importa, cuando uno quiere a una institución en las buenas o las malas”.

Si fueron los mismos jugadores que al final salvaron al equipo, entonces ¿de quién fue la culpa de mal rendimiento? Señores, las estadísticas no mienten, véanlas. Tres técnicos hicieron 19 puntos en 23 partidos, nosotros, 14 en nueve juegos.

“Me reventé una hernia, tuve síntomas de infarto y el médico me recomendó no aceptar, pero nadie asistió a mi entierro, porque no hubo tal y los muertos que algunos matan, gozan de buena salud…”.
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