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Jueves 26 Marzo, 2015

El reto no es solo para el Gobierno, incumbe a la sociedad —como un todo— producir riqueza


Y ahora, ¿quién podrá defendernos?

El trabajo, en cualquiera de sus formas, es la raíz de la producción de bienes y servicios en general y generador de riqueza e ingresos para las familias que requieren desarrollo.
Para algunos, el trabajo es un castigo, para otros una bendición. Basta con leer estados en el “feisbuk” que desde el lunes están pidiendo que sea viernes, o “qué dicha que ya es viernes”, mientras otros dan gracias al Altísimo por haber conseguido un bretecito.
Quizás el concepto de castigo provenga de un texto común al judaísmo, cristianismo y el islam: “(Yahvé) Al hombre le dijo: «Por haber escuchado la voz de tu mujer y comido del árbol del que yo te había prohibido comer, maldito sea el suelo por tu causa: con fatiga sacarás de él el alimento todos los días de tu vida. Espinas y abrojos te producirá, y comerás la hierba del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado. Porque eres polvo y al polvo tornarás». (Génesis, Cap. 3)
Con este pensamiento “divino” tenemos muchos “ninis” que ni estudian ni trabajan por ser un castigo ancestral que no merecen. Refuerzan sus argumentos: se ofrecen pocas plazas vacantes.
Tormento o bendición, el trabajo es necesario para la producción nacional y para que las familias puedan resolver sus finanzas básicas (pago de alquiler, luz, agua, educación y todo su estatus específico). El trabajo es necesario y pertinente.
Alarma la situación imperante en que las empresas, ya nacionales, ya internacionales, abandonan el país y cierran operaciones y surge un incremento acelerado de la cesantía que afecta a las familias y aumenta la pobreza que luego puede derivar en mayor delincuencia y desajustes sociales.
El trabajo es un derecho fundamental establecido en nuestra Constitución Política y es obligación del Estado procurarlo a los habitantes de la República. Mas, ¿está cumpliendo el Gobierno con este mandato de la carta magna? Todo parece indicar que no cuando escuchamos sobre los despidos cotidianos. Miles se van adhiriendo a la lista de cesantes convirtiéndose, de pronto, en un pobre más.
Surge entonces la pregunta legendaria: “Oh, y ahora ¿quién podrá defendernos?” Es la pregunta del millón de colones. Si el Estado no ha puesto coto a este fenómeno y no existen políticas claras para superar esta crisis, ¿quién auxiliará a esta gente desempleada y parará el incremento galopante de la pobreza?
Peligra, así mismo, que se dispare el subempleo dada la gran demanda laboral y escasa oferta de puestos de trabajo. Aparte, tareas sencillas como la construcción, la agricultura y otros servicios de menor escolaridad no son atractivas a los ticos que prefieren que estas sean suplidas por inmigrantes de países vecinos.
¿Es el trabajo una tortura divina? Quien lo tiene sabe que es una bendición. Pero el reto no es solo para el Gobierno, incumbe a la sociedad —como un todo— producir riqueza. Requerimos soluciones urgentes, inmediatas y dejar la verborrea inútil. Acción.

Miguel Aguilar Ruiz